En los próximos meses nos espera una explosión de discos y reuniones de bandas que creíamos amortizadas. De un tiempo a esta parte, la pregunta ya no es tanto quién se reúne, sino quién no lo hace con mayor o menor recorrido y pudor. Innumerables grupos buscan o encuentran una segunda o tercera vida y parece que vivimos un presente continuo. La nostalgia es muy buen negocio, pero cada caso es un mundo.


Una de las revelaciones más jugosas de la recién editada autobiografía de Johnny Marr Set The Boy Free, es que durante unos pocos días de 2008 la ansiada reunión de The Smiths (sin el díscolo batería Mike Joyce) fue una posibilidad real: el espinoso asunto salió como de la nada en un encuentro que Marr y Morrissey mantuvieron en una cafetería de Manchester en septiembre de aquel año, cuando trabajaban en las reediciones de la discografía de The Smiths para Warner. El guitarrista relata que en los días posteriores a aquella amistosa charla, la posibilidad fue tangible (el dinero, asegura, era lo de menos). Hasta que, misteriosamente, la comunicación telefónica se cortó y su relación volvió a ser como desde su separación artística, es decir, gélida. Hasta hoy. Los misterios de las relaciones humanas son insondables.

The Smiths son (quizá junto a sus compadres gamberros de Manchester Oasis, que, tarde o temprano, caerán) la joya de la corona de las reuniones: no sólo porque la banda ha mantenido un merecido estatus de culto, sino por su alta improbabilidad, elevada a estas alturas a cotas de mito, y con supuestas cifras estratosféricas llegando periódicamente a oídos del grupo. Su disolución fue fea y traumática (“perdí un amigo”, recuerda Marr). El litigio que ambos mantuvieron con batería y bajista (Andy Rourke llegaría a un acuerdo amistoso con ellos) a finales de los 90 (y que el batería ganó), frustró cualquier posibilidad. ¿O no?

Bien, después de lo de 2008, parece que The Smiths no volverán. Como consuelo, tanto Morrissey como Marr tocan frecuentemente material de su inagotable repertorio, de igual modo que New Order (y Peter Hook por su cuenta, rota su relación con el resto de la banda tras su espantada posterior a Waiting For The Siren´s Call) interpretan las canciones de Joy Division desde finales de los 90, cuando volvieron a la carretera tras años de incertidumbre (caso con similitudes es el de Roger Waters y los demás miembros de Pink Floyd, que en 2005 se reunieron al completo en un solo concierto apartando sus abismales diferencias.

El hecho es que la gente quiere escuchar a los clásicos originales, con su mística (o parte de ella) y parece cuestión de tiempo (y dinero, las cosas como son) que las bandas tomen nota. No es casual que The Who (en realidad, sólo Roger Daltrey y Pete Townshend) hayan alargado desde mediados de los 90 años su resurrección (con conciertos memorables, todo sea dicho), y que Led Zeppelin reapareciera puntualmente en Londres en 2007, con el hijo del mítico batería John Bonham. Algo parecido, con menor fortuna, vimos con The Doors (con Ian Astbury de The Cult al frente), Queen o INXS, cuyas efímeras reuniones sin su frontman original parecían a priori quiméricas. Hasta dos tercios de The Jam han hecho giras sin Paul Weller bajo el nombre de From The Jam (hoy se trata sólo del bajista Bruce Foxton, junto a Russell Hastings). The Police, que en el 84 acabaron como el rosario de la aurora, giraron por todo el mundo en 2007 y 2008. 340 millones de euros tuvieron la culpa. La industria de la nostalgia es muy poderosa. Y el bolsillo apremia, claro.

 

Meses cargados

Porque, como hemos visto en estos años, la resurrección de viejas bandas que en su momento acabaron malamente, sufriendo tragedias, broncas personales, colisiones de egos, problemas de dinero, repudiadas por su sello, achicharradas por giras interminables, desencantadas por la indiferencia general, ha sido últimamente más la norma que la excepción. Quien haya estado en un grupo sabrá que se ponen en juego complejos sentimientos inquietantemente similares a los de las relaciones de pareja, pero multiplicados y a veces con bandos o facciones. A pesar de lo cual, 2017 se presenta poblado al respecto, con nuevos discos (y giras) hasta hace poco improbables, de The Jesus and Mary Chain (19 años después de su discreto canto de cisne Munki), los paladines del shoegaze Slowdive (22 después del incomprendido Pygmalion, y toda vez que Rachel Goswell ha probado las mieles del éxito con Minor Victories) y Ride (más de dos décadas después de aquel poco celebrado Tarantula), tras su regreso a la palestra hace un par de años. Hay más.

Bandas prestigiosas del firmamento alternativo que en su momento tiraron la toalla ante las nuevas modas (el brit-pop y la electrónica arrasaron con lo anterior), por puro cansancio o irreconciliables diferencias (caso de los hermanos Reid de The Jesus and Mary Chain), han preparado el terreno con lucrativos regresos a los escenarios, calentando la posibilidad de sacar nuevo material. Que a veces se concreta, y a veces no, en función de la acogida que reciben sus conciertos y otros factores. Stone Roses, por alguna razón una de las bandas más queridas en Reino Unido -quizá como depositaria de los sueños de toda una generación- lanzaron a bombo y platillo dos nuevas canciones en 2016 (All For One y Beautiful Thing), y preparan un puñado conciertos multitudinarios para este verano en Reino Unido, que se suman a los que han dado en los últimos años. Y eso que su relación personal, como mostraba el documental de Shane Meadows, es una montaña rusa.

Ha habido incluso algún caso sonado de coitus interruptus, como el de los británicos Lush, que se han quedado a medio camino, lanzando un EP estimable hace menos de un año y emprendiendo tour, antes de dejar a su público con la miel en los labios justo al final de la gira, cuando el bajista Phil King se bajó del barco en marcha a tres conciertos del final. Y es que aunque uno le ponga mucha voluntad, el tiempo y sus servidumbres no perdonan. Tras una tímida tentativa de buscar sustituto, un realista comunicado de noviembre zanjaba la segunda vida de Lush, que volvía, de esta manera, a las catacumbas del indie. Por mucho que nos empeñemos, no es lo mismo girar con veinticinco años que con cerca de cincuenta.

Pero aún así, las tentaciones son fuertes y se concretan más reencuentros, también, al otro lado del Atlántico: Tras su discreta reaparición en 2012, los ídolos del post-hardcore de los 90 At The Drive-In sacan nuevo disco este mes de marzo, pese a la deserción del guitarrista Jim Ward, y preparan gira y festivales (Reading y Paredes de Coura, entre otros). Su nuevo material coincidirá con el nuevo disco de la banda de Jason Lytle Grandaddy. Last Place, culmina su reunión, en principio sólo para varios festivales, de 2012. Se habían separado en 2006. Otro caso reciente es el de Sleater Kinney, que acaban de lanzar un directo que documenta la gira que siguió a su regreso tras un largo silencio, No Cities To Love. Retorno con buenas críticas que zanjaba años de proyectos paralelos, y cuyo recorrido es aún impredecible, aunque han anunciado algún concierto para este mismo año. Otros van y vienen o nunca se fueron del todo (Jane´s Addiction). Y otros veteranos que vuelven con nuevo disco en mayo son Blondie. La banda de Debbie Harry no ha querido perderse la penúltima oportunidad de estar en el candelero con “Pollinator”, apoyado por una gira internacional que, vista desde fuera, asusta.

 

Viviendo del prestigio

Pixies lo vieron claro: la banda de Boston dejó a un lado sus abismales diferencias para embarcarse, ya con el nuevo siglo, en una serie de giras (abiertamente lucrativas, sí) que plantaron las semillas de dos discos nuevos, que resultaron ser intrascendentes en comparación con sus imponentes predecesores de finales de los 80 y primeros 90. Inevitable pensar que la deserción de Kim Deal tuvo bastante que ver en la falta de fuelle del nuevo material original de la banda de Black Francis y compañía. Pero lejos de abandonarse al trauma, Francis, Santiago y Lovering han encontrado aliada perfecta en la bajista Paz Lenchantin y acaba de sumar nuevas fechas a su anplia colección de festivales de esta temporada. Y, al final: ¿Quiénes somos nosotros para decirles, desde nuestra atalaya, que no exploten su fabuloso legado, aquellos cuatro inmortales discos que hicieron para 4AD? Por cierto que The Breeders, la banda de Kim Deal, parece que algún día sacará su nuevo disco, en el que se enfrascaron a raíz de sus estupendos conciertos de celebración de Last Splash. Se lo toma con calma.

Aunque muchas veces, el interés ya no es el mismo. Hoy, viendo el presente continuado que vivimos, se nos antojan ridículos los cinco años transcurridos entre el debut de Stone Roses y su hipertrofiado Second Coming. Pero lo cierto es que ese lapso de tiempo (y las drogas, el éxito mal digerido y la alarmante falta de canciones memorables del álbum, cierto) los enterró. My Bloody Valentine publicaron en 2013 una especie de indisimulada segunda parte de Loveless titulada MBV, tras varios años en los que rompieron los tímpanos al personal en conciertos memorablemente ensordecedores. No hubo mucho ruido mediático, sin embargo: resulta que el mito que había alimentado la imposible continuación de Loveless se había amortizado. Es una regla del juego que por muy mítico que seas, hay que acatar: el tiempo no perdona.

Naturalmente, cada caso es un mundo. Los héroes del post-punk más influyente Wire reaparecieron antes, con el nuevo siglo, y desde entonces han mantenido incesante y notable actividad en cuanto a grabaciones de estudio y giras, prolongadas hasta el nuevo disco inminente. Y lo cierto es que Colin Newman y compañía siguen en esto con una sobria dignidad, cosa rara teniendo en cuenta el carácter visceral de su música juvenil (hoy Wire han mutado en un extraño animal musical que ha cambiado frenesí eléctrico por atmósferas y discretas experimentaciones pop). Lo queramos o no, un grupo está indisolublemente unido a su tiempo, por muchos esfuerzos que hagamos nosotros y los festivales por avivar la nostalgia. No siempre es fácil: Otros míticos del punk británico, Buzzcocks, no han tenido empacho en aparecer y desaparecer como el Guadiana, aunque desde hace una década su actividad es constante, dos discos incluidos. Caso más o menos parecido a los de la influyente banda glam neoyorquina New York Dolls.