El pasado viernes 13 de septiembre se estrenaba en cines “Sordo”, una película dirigida por Alfonso Cortés-Cavanillas que traslada a la gran pantalla el cómic homónimo de David Muñoz y Rayco Pulido.

Hace más de diez años la publicación del cómic “Sordo” supuso un acontecimiento en el panorama nacional. La historia, escrita por el reputado guionista David Muñoz y dibujada por Rayco Pulido, ganador del Premio Nacional de Cómic por “Lamia”, nos presenta una historia de maquis durante la posguerra española, con la importante novedad de contar con una protagonista con discapacidad auditiva, a partir de la detonación de un puente que servía a demás como punto de arranque de la peripecia. Recientemente reeditado por Astiberri, el cómic tiene la peculiaridad y el desafío narrativo de ser prácticamente mudo, eliminando incluso las onomatopeyas en unas viñetas tan limpias como desnudas, pero fuertemente expresivas.

La adaptación de “Sordo” al cine suponía también otro desafío, que fácilmente podía quedar embarrado en la convencionalidad del cine español actual desdibujando, valga la redundancia, los logros de su fuente de referencia. Aunque el resultado presente comprensibles problemas, marcados por los peajes para la construcción de un producto comercial y propio de multisalas, y no haya dado lugar a una película completamente lograda, felizmente podemos afirmar que no ha sido así.

Segunda película, tras la loable “Los días no vividos”, de Alfonso Cortés-Cavanillas a partir de un guion firmado en colaboración con Juan Carlos Díaz, el principal atractivo de “Sordo” es contar con un entregado reparto sin mácula, en el que destaca una rotunda Olimpia Melinte dando vida al que es sin duda, el personaje más memorable. Agrada la voluntad del director por mantenerse fiel a la (escueta) letra, el trazo y al espíritu del cómic con un diseño de producción, una fotografía y especialmente unos efectos de sonido, que reproducen con esforzado acierto el impacto de las viñetas. Pero la película resulta, además, francamente valiosa por suponer un valiente intento de perderle el miedo y el respeto a un pasaje fundamental de nuestra historia convirtiéndolo en un gozoso entretenimiento de cultura popular que revive a los maquis y a sus desventuras con la épica de un spaguetti-western de Corbucci o Castellari. Lástima que, junto a la diversión y el componente lúdico, se dé especial importancia, en la trama del personaje del personaje interpretado por Marián Alvárez, a un componente melodramático que hace sospechar que, tras su aparente empaque, “Sordo” no sea más que otra convencional película de Mario Camus vestida de fiesta y, de nuevo, presa de una duración excesiva. Esto no debería ser óbice a la hora de reconocer sus aciertos puntuales y globales y, especialmente, su paso adelante para que nuestro cine mire con otros ojos al pasado, aplicando sobre él una pertinente deconstrucción pulp. ¿Alguien se atreve ahora con las “Nuevas hazañas bélicas” de Hernán Migoya?