La justicia no tiene nombre
ConciertosCaifanes

La justicia no tiene nombre

8 / 10
Víctor Terrazas — 19-05-2026
Empresa — Ocesa
Fecha — 16 mayo, 2026
Sala — Palacio de los Deportes de Ciudad de México, Ciudad de México
Fotografía — Zeus López

Hay verdades que pesan más cuando se cantan, pero quizá precisamente por eso es necesario cantarlas. El pasado sábado 16 de mayo, el Palacio de los Deportes de Ciudad de México se convirtió en memoria y lanza cuando, a mitad del concierto, las pantallas del escenario 360 comenzaron a poblarse de rostros, mensajes y fotografías de las movilizaciones históricas de las Madres Buscadoras.

Fue un homenaje a las abuelas, madres, hijas y hermanas que escarban la tierra en territorios controlados por el crimen, sin más escudo que su propio cuerpo y su dignidad. “Su lucha es triste, desgarradora, y es importante dar esa respuesta”, comentaba Saúl Hernández, frontman de Caifanes, ante un domo de cobre abarrotado por veintitrés mil almas, para luego rematar con una verdad incómoda: “Lo que no hace el Estado, lo hacen ellas”.

En ese instante, un nudo colectivo apretó la garganta del recinto, un silencio respetuoso que solo se rompería cuando miles de personas se quebraron al unísono cantando “Antes de que nos olviden”, convirtiendo el palacio en el eco de un país atravesado por más de ciento veinte mil desaparecidos; una cifra oficial que se queda dolorosamente corta ante la realidad y ante los miles de casos que van mucho más allá de lo contemplado por el gobierno.

Fueron cerca de dos horas y media de concierto. Sobre el escenario, Saúl Hernández apareció junto a Alfonso André, Diego Herrera, Rodrigo Baills y Marco Rentería para dejar claro que, aunque hablemos de una banda histórica, Caifanes no viven de la nostalgia; su música es presente. Lo demostraron fuera de las fronteras de su país en los conciertos que pudimos disfrutar en España el pasado mes, y se palpa en los nuevos retos que tienen por delante en su casa, como el Auditorio Nacional o el Estadio GNP Seguros. Una prueba incuestionable de la vigencia que mantiene, a pesar de sus parones y cambios de formación, una de las agrupaciones más influyentes del rock en español durante cuatro décadas.

La suerte de disfrutar de Caifanes en la ciudad que los vio nacer significa contemplar un ritual completamente diferente a sus actuaciones fuera de México. Aquí actúan ante una tribu que comparte las mismas cicatrices, códigos y memoria; conciertos donde conviven de forma natural la memoria política, la identidad popular y la comunidad intergeneracional.

Es un público que se crece y se reconoce cuando Saúl apela a ellos llamándolos raza, una definición que en sus noches litúrgicas deja de sonar a simple lema rockero para convertirse en un refugio. Ese espíritu se veía desde horas antes en unos aledaños abarrotados y perfectamente organizados, donde una marea uniformada con camisetas del grupo transmitía a cualquiera de fuera una intensidad desbordante; una pasión cuya única comparación posible en Europa sería la previa de un partido de fútbol.

Esa energía de las gradas se antepuso a un inicio difícil, en el que canciones como “El Negro Cósmico” quedaron momentáneamente atrapadas en un sonido sobresaturado, haciendo honor al viejo y temido sobrenombre del recinto: el Palacio de los Rebotes. Por fortuna, el equipo técnico hizo los cambios pertinentes para solucionar la situación y regalarnos las melodías del saxo, los teclados, el bajo, las guitarras y la batería en su justa dimensión. Todo se acomodó para envolver la voz de Saúl, esa que el paso del tiempo ha vuelto más áspera, pero también más sabia, gobernando un escenario que se abrió con naturalidad hacia himnos como “Viento”, “Mátame porque me muero” y “Nubes”.

Uno de los mejores momentos en el plano musical llegó con “Y caíste”, ejecutada con una precisión quirúrgica en la que las guitarras parecían debatirse entre la oscuridad post-punk y una épica profundamente mexicana. Había algo solemne en los solos de guitarra, casi ceremonial, como si el grupo entendiera perfectamente que ya forma parte del mapa sentimental del país similar a las trompetas de Juan Gabriel en “Así fue”.

Caifanes Mexico 2

De igual forma, el instante que mejor resumió la estrecha relación de Caifanes con sus orígenes apareció durante “Cuéntame tu vida”, una de sus primeras composiciones, mientras las pantallas proyectaban imágenes de perros callejeros. Una postal aparentemente sencilla que terminaba condensando buena parte de la identidad urbana de Ciudad de Mexico: el albur y su juego léxico, la pertenencia al barrio, la supervivencia y esa belleza extraña saturada de intensos colores que siempre emerge en mitad del ruido del constante tráfico.

El clímax de la noche llegó con los bises, cuando Saúl tomó el micrófono para responder a los recientes discursos de la presidenta madrileña Isabel Díaz Ayuso. “Declaraciones extrañas, pendejas, pero sobre todo muy ignorantes, que hasta el mismo Hernán Cortés se sentiría ofendido”, lanzó ante un público entregado. “Y señora Isabel, ante sus estupideces, nuestra indiferencia”, remató, provocando un ensordecedor “¡Fuera, fuera!” que retumbó en todo el recinto. En ese momento, la bandera mexicana e imágenes del país expuestas en las pantallas gigantes mostraron un orgullo colectivo y unánime; una dignidad que ningún populista de los que pululan, ya sea al norte de la frontera o al otro lado del Atlántico, les va a arrebatar jamás.

A partir de ahí, el cierre pasó de la crítica punzante de “Aquí no es así” a la mística balada de “La célula que explota”, terminando en un baile conjunto con “La negra Tomasa” que dejó a una masa extenuada pero extrañamente aliviada. Caifanes demostró, una vez más, que su música no pertenece al pasado. Mientras el país siga doliendo, sus canciones seguirán siendo el refugio, el grito, la memoria y, sobre todo, esa resistencia hecha alegría escrita con guitarras de un país y de un continente.

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