Alternar la pluma y la espada le confirió a Jam Albarracín una visión particular a la hora de observar la escena musical que le rodeaba. Eso le dio también un papel singular y le permitió pivotar a un lado y a otro del escenario. Imaginar qué podía pasar por la cabeza de ese otro músico frente al folio en blanco o meterse en las carnes de aquel que se ejercitaba sobre el escenario era un valor que siempre ponderaba, y que otorgaba a su relato esa complicidad que va más allá de puro oficio.
Sus canciones, sus artículos, sus crónicas están ahí, pero por aquí recuerdo especialmente esas conversaciones entre confidentes en las que siempre salías ganando, porque él siempre te daba más. Tan generoso como perspicaz.
Hoy la escena de Murcia pierde a ese agitador silencioso que, sin querer sentar cátedra y tampoco sentar cabeza, ha sido maestro de todos y todas las que en algún momento de su vida han decidido dedicarse a la música, pero sin tener demasiado claro de qué manera.
Como yo solía decirle: Jam, dame otra de tus píldoras.

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