Codeine, como el desalentador cuerpo humano que yace en la inolvidable contraportada de «Frigid Stars», arrojaron la toalla desde el inicio. Salieron a jugar un partido que ya tenían perdido de antemano. Es más: nunca quisieron darse -ni darnos, no lo olvidemos- una oportunidad. La agonía expresiva de su obra (una trilogía destructiva, pletórica e ineludible que se consume desde el corazón) retrató con maestría (sí, tres discos: tres obras maestras) las miserias del dolor después del dolor, bombeó los ventrículos de la derrota después de la humillación y articuló las palabras después del silencio infinito. Nadie (ni Slint, ni Rodan, ni Cobolt, ni tan siquiera Seam) ha sido capaz de conmover ni estremecer tanto con un mensaje musical tan gélido, poliédrico y distante como el de Codeine. Hoy, casi cinco años después de su separación, seguimos esperando. John Engle (guitarra) y Stephen Immerwahr (bajista y cantante) formaron, en 1989, el grupo que, años después, compondría la perfecta banda sonora de la depresión. El añadido final de un jovencísimo Chris Brokaw (batería), ahora en Come, apuntalaría la alineación que realizó » Frigid Stars» (91), su debut. Un disco -intenso, turbador y profundamente emocionante- que desde su contraportada (una foto vale más que mil discos y mil palabras) delimitaría el estado anímico de sus dueños y, también, de sus vasallos. «Pea» cerraba, así, uno de los recorridos emocionales más dolorosos de la independencia yanki de los noventa. Un hito, un escollo y una obra capital. La ralentización brusca, angosta y multiforme de los pentagramas adquiere aquí, y yo diría que por primera vez, la condición de monumento. La misteriosa postal de un palacio austríaco decoró la portada de «Barely Real» (92), un Ep que, con el tiempo, ha acabado haciendo las veces de puente entre los movimientos estilísticos del primer disco y el segundo. Aparentemente más vistoso y alegre, «Barely Real», editado para el público europeo, supuso la consagración definitiva de la lentitud como vehículo expresivo de un grupo que ya trascendía los límites del slow-core. Algo que acabó demostrando «The White Birch» (94), el testamento creativo de Codeine y, también, su cenit compositivo. Sin lugar a dudas, uno de los mayores logros sonoros de la historia del rock americano de fin de siglo. El álbum, perdón, EL ÁLBUM, en el que la lentitud deviene en fatiga y asfixia, en el que las pocas concesiones devienen en puertas cerradas y en el que los lamentos devienen en viajes sin billete de vuelta. Entras hundido (Codeine siempre tuvieron y tendrán ese condicionante en su discurso: a Codeine sólo puedes ir a ahogar tus penas) y sales derrumbado, atravesado, mudo, vapuleado; emocionalmente muerto. «Tom», «Ides», «Loss Leader» y, por supuesto, esa sobrecogedora portada (un árbol, la nieve, la farola y el horizonte: la desolación en su máxima expresión) firmaron el certificado de defunción del grupo. Sin saber exactamente cómo podía haber encajado Codeine en la actualidad (¿hay alguna salida posible tras el mazazo de «The White Birch»?), pero con la certeza de que su legado sigue siendo objeto de estudio (Cobolt, Mineral, Rex, Bedhead o Low), nosotros y el cambio de siglo todavía incluimos, sin derecho a discusión, a Codeine y su majestuosa trilogía en nuestro particular viaje hacia la eternidad. ¿Confesión? Reivindicación, en todo caso.