El músico islandés Ólafur Arnalds se ha convertido en los últimos tiempos, y con poco más de treinta años, en uno de los nombres de referencia de esa música instrumental que se mueve entre el clasicismo y la vanguardia, destilando siempre un punzante filón emotivo en casi todas sus composiciones. Ahora vuelve a España para presentar re:member (2018) en Sant Feliu de Guíxols (Porta Ferrada, 19 julio) y Cartagena (La Mar de Músicas, 20 julio).

Ólafur Arnalds, insigne embajador de la música de su país, de propiedades evocativas (y curativas) casi milagrosas, que también diversifica su producción al frente del proyecto electrónico Kiasmos vuelve a España para ofrecer dos conciertos. Aprovechamos que está a punto de volver a visitarnos para charlar con él. El mundo casi siempre parece un lugar mejor cuando suenan sus partituras.

Siempre se te ha asociado con músicos como Nils Frahm, Max Richter o Jóhann Jóhannsson. ¿Consideras que, tanto ellos como tú mismo, sois en cierto modo herederos de las enseñanzas de Michael Nyman, Ludovico Einaudi o incluso de Yann Tiersen, y de todo lo que supusieron?
No puedo hablar por otros, pero personalmente siempre me ha inspirado más la música electrónica que la clásica. Tampoco me gusta pensar en los compositores como si formasen parte de una línea sucesoria en la que una persona inspira a la de la siguiente generación. Digamos que la música es una expresión personal, cualesquiera que sean tus influencias.

¿Es cierto que comenzaste tocando en bandas de metalcore como Fighting Shit y Celestine? Al saberlo no he podido evitar trazar el paralelismo con tu paisana Björk, quien empezó también tocando en bandas de punk para acabar convertida en una de las artistas más vanguardistas y eclécticas del mundo…
Sí, así fue. Mi primera experiencia como escritor de canciones y como músico en directo fue con bandas de punk. Creo que ser parte de esa escena tuvo un gran impacto en mí y en todo lo que vino luego, aunque seguramente no sea algo que resulte muy obvio para la mayoría de la gente.

Has compuesto bandas sonoras para series como “Broadchurch” (2013-2017) y películas como “Let Me Fall” (2018). ¿Es un trabajo muy diferente al de tus propios álbumes, teniendo en cuenta que tienes que ceñirte a una trama y a una historia ajena que condiciona tus composiciones?
Disfruto de los dos, en realidad. Las bandas sonoras y la colaboraciones son diferentes en el sentido de que me obligan a trabajar precisamente con eso, con otros puntos de vista que no son los míos, y creo que son proyectos que suponen una gran plataforma para probar cosas nuevas que, de todos modos, también a veces se cuelan en mis otras aventuras musicales.

“La gran diferencia es que Kiasmos es un proyecto colaborativo. Siempre me ha interesado el techno”

¿Y qué puedes decirme de tu trabajo al frente de Kiasmos comparado con tus álbumes? ¿Das rienda suelta con ellos a un hedonismo que posiblemente te haga sentirte más liberado que en los que se editan a tu nombre?
No, la gran diferencia es que Kiasmos es un proyecto colaborativo. Siempre me ha interesado el techno. Y Kiasmos nació de los ratos que Janus (Rasmussen) y yo pasábamos en el estudio creando música para hacernos bailar. Después de editar el álbum, giramos alrededor del mundo durante dos años y me dí cuenta de lo mucho que disfrutaba acercando esa especie de alegría y éxtasis a la gente. Eso se convirtió en una parte integral de mi álbum re:member: intentar encontrar la forma de evocar sentimientos de alegría y excitación a través también de mi propia música, tanto para mí mismo como para el público.

En tu último álbum, precisamente “re:member”, trabajaste con unos pianos Stratus, dos teclados automáticos que se activan desde otro piano central, a través de un software que fue fruto del trabajo de dos años llevado a cabo junto al compositor Halldór Eldjárn. ¿Qué efecto querías crear con ello?
Cuando empecé a escribir las canciones del disco, tuve que lidiar con el peor caso de bloqueo creativo ante el que me he encontrado nunca. Sentía que me había quedado estancado en una ruta ya conocida, y necesitaba alguna inspiración. Entonces, mi amigo Halldór Eldjárn y yo nos pasamos dos años desarrollando ese software, al que llamamos Stratus. En esencia es un controlador de dos pianos que reaccionan a lo que yo estoy tocando en un tercer piano. Hay un elemento de aleatoriedad dentro de él, de forma que yo no siempre sé qué es exactamente lo que los pianos van a tocar: en cierto modo eso supone un elemento de improvisación. Para mí fue una forma de hacer que algo tan familiar como es tocar el piano me resultara otra vez algo nuevo y excitante.

Este verano visitas España para tocar en Cartagena (La Mar de Músicas) y Sant Feliu de Guixols (Festival Porta Ferrada) ¿Cómo te sientes actuando por aquí? ¿Adviertes alguna diferencia con públicos de otros países?
Me encanta tocar en España, y estoy contento de que en esta gira hayamos tenido varias ocasiones de venir. El público español es siempre entusiasta y muy comprometido con lo que hago sobre el escenario.

¿Estás trabajando en material nuevo de cara a un nuevo disco?
Ahora mismo solo estoy centrado en ir de gira. Es algo que comporta muchísimo tiempo y esfuerzo. Cuando las cosas se relajen un poco, ya habrá tiempo de meterme en el estudio y ponerme a trabajar en nueva música otra vez.