Desenterrada de las entrañas de la industria discográfica, la mala rodríguez por fin ha encontrado la tranquilidad necesaria para mostrarnos a todos su talento torrencial. Tras un par de avisos en formato single, llega estos días un apasionante disco de debut, “Lujo ibérico” (superego/yo gano/universal, 00), dispuesto a romper esquemas y despertar sorpresas.

LOS DÍAS DE ENTONCES

De vez en cuando, es recomendable activar la moviola del paso del tiempo, echar cuentas, hacer inventario. Se trata de revisar viejas y no tan viejas declaraciones, pensamientos, palabras lanzadas al vuelo. Porque después de un considerable número de entrevistas acumuladas, es bueno rememorar aquellos momentos en los que este oficio de improbable supervivencia cobra sentido y se justifica plenamente. Y porque choca comprobar, ya a posteriori, como ha tenido que ser una jovencísima chica de Sevilla, Mala Rodríguez, la responsable de la más certera y lúcida definición sobre la relación entre el músico y el que escribe de música: “Yo hago lo mismo que tú, pero lo hacemos de forma diferente, cada uno con su estilo”. Creo… no, estoy convencido que ésta es la mejor frase que nunca ha recolectado mi grabadora. Divertida, imprevisible, sincera y real (en su máxima acepción), Mala Rodríguez supo, consciente o inconscientemente, darme una lección. Una lección de cómo rebajar y quitarle valor a las cosas intrascendentes que nos empeñamos en hacer grandes; una lección de cómo escupir verdad en un mundo, la industria musical, teñido de posturas, puñaladas y miradas por encima del hombro; una lección de cómo mostrarse ambicioso sin traicionar en ningún momento las señas de identidad.

“Que dejen a los flamencólogos en paz, porque no creo que les apetezca escuchar rap. El rap es para los raperos, para los que le guste la chulería y el mamoneo”

Señas de identidad claramente definidas por el pasado. “Yo he crecido en Sevilla, en el barrio de San Julián, por La Macarena. Soy del centro de mi cuidad, que es donde siempre hay más de todo. Y aparte, siempre he viajado a Cádiz, porque ahí tengo familia, y, de hecho, yo nací en jerez de la Frontera”. Pese a las limitaciones del contexto, por entonces ya se vislumbraba en el Sur un fuerte apego por las rimas y los ritmos. Ya se respiraba hip hop, en pocas palabras. “Había breakers. Mi madre siempre me decía que en las plazas de al lado de casa siempre había chicos bailando break, en el suelo. Y yo tengo entendido que muchos de esos tíos siguen metidos en el rollo. Y está claro que todo eso ha existido por esa zona”.

Fueron los años en los que Mala Rodríguez, como tantos otros, tuvo claro que su vida ya nunca podría desligarse de un género, un way of life, totalmente ajeno al resto, personal, independiente, poderoso, cegador. “Yo lo único que quería era que me dejaran cintas de rap. Me pasaban cintas de peña que no conocía, y que tiempo después he podido saber quién eran. También iba a Jerez porque al haber americanos por Rota, pues yo flipaba con los negros porque los veía tan diferentes… y todo eso me molaba, era lo mío”. Y aunque ahora su sitio, su casa, está en Madrid (“Hay más de todo: al ser más grande, pasan más cosas. Por eso me gustan las ciudades grandes”), Mala sigue evocando en sus gestos y en su manera de hablar la idiosincrasia de ese Sur que abarrota las esquinas de “Lujo Ibérico”, su primer disco. Ha sido un duro camino, poblado de esos obstáculos que siembra la industria musical. Pero todo el complicado entramado de sellos y problemas contractuales que han precedido la aparición de su debut, no parece haber despertado las iras de nuestra protagonista. “Con las compañías, el problema no es venderlo, sino cómo lo venden. No se venden igual unas telas que el pescado, por ejemplo. Y como yo no soy quien vendo el pescado no voy al mercado a venderlo. Eso no es asunto mío. Mi problema es preocuparme que la gente haya escuchado el disco, para que así puedan opinar. Dejo opinar a todo el mundo. Tampoco es que deban llamarme a mi `keli´ para decirme su opinión, pero que todo el mundo lo escuche”. A fin de cuentas, todos buscamos, de una manera u otra, lo mismo. De nada sirve, pues, escudarse en posturas y actitudes que andan más cerca de la demagogia barata que de la realidad más visceral. Mala lo tiene muy claro. “Todos los pobres tenemos afán por el dinero. Tú vete a un sitio lleno de pobres, cuéntales la historia de los huevos de oro y verás lo que sucede. Mira a Ronaldo, que vivía en un pueblo de Brasil y ahora gana miles de millones. Ese chavalito, si fuera rapero estaría en lo más alto. Todo el mundo que no tiene quiere, porque no saben lo que es. Cada uno elige de lo que va a disfrutar. A mí me gusta ver la situación, percatarme de lo que pasa y luego meterme al paso”.

MINUTOS MARCADOS

Y hay un momento en el que los rastreadores furtivos de nueva música que llevarse al oído, de nuevas expresiones con las que poder satisfacer un apetito insaciable, los adictos empedernidos a la música, en definitiva, nos damos cuenta que dependemos en exceso del talento. Porque, qué duda cabe, necesitamos ese talento ajeno, ese brote fugaz de genio que algunos arrancan de su interior, para sentirnos vivos, para ser conscientes que, pese al tapiz de mediocridad que cubre la superficie, podemos rascar con uñas y dientes y encontrar algo que realmente merezca la pena. Sucede de vez en cuando, pero cuando nuestros sentidos tropiezan (porque siempre es un tropiezo: sin sorpresa, todo descubrimiento pierde valor) con algo digno de emoción, entonces estamos preparados para el impacto. Y si en estos momentos nos planteamos una rápido rebobinado a través del tiempo, cabe detenerse en un preciso instante: la escucha de una canción llamada “La Traca”, firmada por una chica sevillana de nombre La Mala. Beats poliédricos (majestuosa producción de T-Cee) y un registro vocal totalmente inaudito, apasionante, componían la fórmula mágica de una carta de presentación aturdidora. Su segundo maxi, “Yo Marco El Minuto/Tambalea”, fue la confirmación. Y ahora, desde el presente más rabioso, hemos de encarar su debut en formato largo. Secundada por un equipo de productores de altos vuelos, La Mala parece sentirse más cómoda con el discurso más dinámico y festivo que planea sobre “Lujo Ibérico” que con la crudeza de sus inicios. Gran parte de culpa la tienen, sin duda, Jotamayúscula y Supernafamacho, artífices de la mayoría de canciones del álbum. Pero tampoco debemos olvidarnos del formidable trabajo pergeñado por R de Rhumba, T-Cee y un Dive Dibosso responsable de la mejor canción del disco, “Yo Marco El Minuto”. “Yo tenía unas preferencias a la hora de trabajar. Y si te las ofrecen o tienes opción a elegirlas, pues buscas y eliges a la gente que más te gusta para hacerte tu proyecto”. Todo han sido facilidades, pues, para una Mala que en su estreno discográfico se muestra brillante, graciosa, intensa y poderosamente hábil con el micro. “Yo he siempre he sido una artista. Yo siempre he hecho mis movidas y yo siempre he hecho cositas guapas. Eso se lleva dentro. Se nace o no se nace”.

Debemos contemplar “Lujo Ibérico” como otro de los momentos importantes de la música nacional de los últimos tiempos. Suena diferente, nuevo, ingenioso, único. Se percibe una frescura en sus canciones, en sus contorneos, en cada uno de sus vértices, impropia de una actualidad musical, aquí y fuera, que nos niega sistemáticamente la inspiración, el toque de genio. Doble mérito, pues, de un disco sensacional. “Yo he dejado por completo de llevar a cabo mis ideas anteriores en este proyecto. Me lo he planteado como una cosa nueva, y me he dicho a mí misma: ´voy a ver lo que hago, voy a ver qué es lo que puedo hacer´. Quería hacer algo nuevo, disfrutar con lo que iba a hacer”. Pero “Lujo Ibérico” también es un álbum de verdades y desmentidos. Porque nos habla de la verdad del talento, de la pasmosa facilidad expresiva de una artista joven, y nos desmiente tópicos y afirmaciones vertidas al respecto del disco. Quizás ese empeño en emparentar “Lujo Ibérico” con las raíces y los cauces formales del flamenco acabe por erosionar el concepto de un ejercicio musical que, sin lugar a dudas, va mucho más allá. “Lujo Ibérico”  asume, con todas sus consecuencias, el carácter pleno del hip hop. El flamenco es, como también sucedía en “Retorno al principio”, anécdota; el hip hop lo es todo. No debe flasear, pues, la única verdad. “Joder, qué gente más pesada, quillo. ¿Qué quieres que te diga? ¿No me ves la cara que tengo? ¿Tú qué crees, que me molesta o que no me molesta? Me  cansa un poco. Es como lo de Sólo Los Solo: ya son flamencos porque utilizan tres muestras de flamenco. Supongo que ellos también estarán hasta el gorro… Que dejen a los flamencólogos en paz, porque ni creo que les apetezca escuchar rap. El rap es para los raperos, para los que les guste la chulería y el mamoneo”