“Estado del malestar” (La Mundial Records, 18) les ha llevado a abanderar el pop bizarro patrio. Los hits accesibles del álbum, dichoso Macaulay, han convertido a estos amigos de toda la vida en un dúo –mucho más de lo que jamás esperaron– de músicos. Ahora toca hablar de futuro. Porque lo hay (y que siga de bar, y en mejor). De momento, el domingo 13 estarán actuando en la sala Apolo dentro de la fiesta Churros con Chocolate, que como siempre es de entrada gratuita.

No hay peor chiste que aquel que hay que contar dos veces para que se entienda. Ladilla Rusa han demostrado no ser un chiste, como muchos pronosticaron ante la salida de “Bebo (de bar en peor)”, incluido en su debut, “Estado del malestar”, porque lo que hacen –y su éxito– sí se explica sólo: pop bizarro, sin ataduras musicales, con ritmo para el directo y plagado de referentes universales. Bendito “Macaulay Culkin”.

Hace unos meses, Víctor Fernández y Tania Lozano eran dos colegas de toda la vida –periodistas ambos– a los que les iba la marcha, inventarse historias de fiesta y cantarlas como lo hacían sus divas fetiche. Ahora son dos colegas con una red de fans inusitada: locos que también aman a sus amigas (“Encarni”) y que les han acompañado por salas como Apolo o festivales como el Sonorama Ribera. Precisamente de su prolifera gira es de donde más lecciones han extraído de cara a un futuro material. “A la gente le gusta el costumbrismo: historias cercanas, con un punto nostálgico. También que seamos irreverentes, pero sin caer en lo vulgar”, atiende Fernández, con voz nasal, medio constipado. Han sido meses de ajetreo. Y no sólo por Ladilla Rusa; cuando hacemos la entrevista anda metido en La hora musa, el último programa musical de La 2. “No pretendemos ser una banda con miles de músicos. Pero pensamos en un segundo disco y sí que queremos darle otro aire”, añade Lozano, en una terraza cualquiera de Barcelona, similar a las que frecuentaban para componer sus temas. Para ello, seguirán trabajando con su “tercera Ladilla”: Ignacio Miranda. Con el productor comparten mensajes de voz constantes. “No somos un grupo que podamos irnos un mes a grabar. No nos lo permite nuestra otra vida laboral”.

“Somos una banda para escuchar al salir de fiesta o al volver. Somos festivo-total. Y nuestra gracia es que nos hemos puesto a hacer cosas que no sabemos. Un gran karaoke pero ante un público”. Pero para que otros gocen la fiesta, hace falta alguien que la prepare. Y en eso, también ambos están de acuerdo: tras Ladilla hay infinidad de horas que no están pagadas. “Fuera de la borrachera llega un momento en que le dedicas muchísimo tiempo a esto. Un día, me dije: ‘Joder, somos Estopa pero sin la SEAT’”, ríe Lozano. Ambos han elegido sectores (comunicación y música) en los que la precariedad es el pan de cada día. Por ello, el disco no escapa a las críticas sociales. Y así seguirá (o no). “Toda nuestra música, por festiva que sea, tiene ese punto de activismo: la perspectiva de género la tenemos a flor de piel. A la vez, no nos importa que algo sea chorra y punto. Yo, para un segundo disco, me pediría, simplemente, que fuera más bailable, más gracioso… ¿Pero más coherente? No…”, acompaña Fernández. Ladilla Rusa buscan alcanzar nuevas cotas. Pero no a cualquier precio. “Nos han ofrecido programas de televisión de máxima audiencia y hemos dicho que no. No queremos pegar el petardazo megarápido”, zanjan.