El cartagenero Raúl Quinto pasó del relativo anonimato que te otorga una trayectoria en el mundo de la poesía, aunque, como en su caso, esté plagada de premios, a convertirse en un autor a seguir con su segunda obra de narrativa, “Martinete del rey sombra”, que obtuvo tanto un Premio Nacional como el Premio de la Crítica. Se trataba de una novela realmente sorprendente que reconstruía con un formato híbrido (a veces ensayo, a veces ficción histórica, a veces incluso poema en prosa) un hecho desterrado de los libros texto. En 1749, en pleno siglo de las luces, uno de los ministros “ilustrados” de Fernando VI, el marqués de Ensenada planeó “la gran redada”. Su objetivo era detener, esclavizar y, a la larga, exterminar a toda la población gitana de España. Un auténtico proyecto de genocidio que apenas es recogido en la historiografía tradicional; y un antecedente de los genocidios coloniales y raciales del siglo XIX y XX.
Con su siguiente obra, Quinto demuestra que es un escritor inquieto, uno que no quiere permanecer atrapado en ningún género o temática. “La ballena azul” del título no se refiere a ningún cetáceo, sino al “juego” viral que saltó a los medios de comunicación en 2016, en particular a lo más sensacionalistas. Los participantes tenían que cumplir una serie de “tareas” impuestas por los administradores durante un total de cincuenta días. Estos retos se iban haciendo cada vez más inquietantes, y terminaban en la autolesión y el suicidio. De hecho, se atribuían a “La ballena azul” varias muertes de niños y adolescentes, aunque el número exacto de víctimas (si es que de verdad existía alguna) nunca quedó claro. El origen del macabro juego (sea más o menos real, o una mera leyenda urbana que fue tomado en serio) fue fijado en Rusia, donde incluso hubo varios condenados por incitación al suicidio. Desde la distancia, todo recuerda bastante a fenómenos pre-internet como el famoso Satanic Panic de los años 80,
El libro de Quinto, que puede ver como una versión más modesta y lírica de uno de los hits de la reciente literatura española, “Los escorpiones” de Sara Barquinero, utiliza ese esquema de 50 días para llevarnos por un viaje alucinado, con forma de monólogo, por algunas de las obsesiones y neurosis contemporáneas, sobre todo el omnipresente universo conspiranoico (aunque en algunos pasajes revela que es cualquier cosa excepto nuevo, y nos lleva a la época de Torquemada, en la que florecía el “libelo de sangre” contra los judíos). Quinto emplea una intensa segunda persona, una voz que interpela al lector, que le da instrucciones para llevar a cabo los sombríos “retos” del “juego”, a la vez que desarrolla sus visiones de pesadillas, de matanzas de sectas como la Familia de Manson o los Davidianos de David Koresh a manuales japoneses para llevar a cabo el suicido, pasando por el pizzagate, creepypastas como el famoso experimento ruso de privación del sueño, y un larguísimo etc.
El uso de la segunda persona, tan poco habitual, pese a que no falten ejemplos en la literatura española como “Juan sin Tierra” de Juan Goytisolo y “Oficio de tinieblas” de Camilo José Cela, es una decisión arriesgada, pero exitosa. Su potente voz narradora nos sugiere cómo las pantallas son capaces e inocular en nuestro cerebro creencias absurdas y dañinas, una sucesión sin fin de violencias y atrocidades capaces de distorsionar una realidad ya rota por el insomnio, el aislamiento, el agotamiento de la atención que impone el hipercapitalismo del siglo XXI. “La ballena azul” tiene mucho de trance hipnótico, de poema febril y de viaje por una serie de submundos cada vez menos ocultos, cada vez más próximos.

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