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En alemán existe una palabra, “Nestbeschmutzer”, que quiere decir, textualmente: “pájaro que ensucia su propio nido”. Se ha usado para referirse a aquellos que eligen la disidencia respecto a las leyes, la cultura de su país, su clase social. Para los traidores y los renegados. Por supuesto, normalmente se emplea como insulto. No obstante, para un intelectual o escritor es difícil que haya una vocación más noble que la poner en cuestión el estado de las cosas, que la de luchar a la contra. Y tras leer Game Boy, el enormemente provocador y lúcido primer libro de Víctor Parkas, no cabe duda que es la de su autor. Parkas, varón heterosexual, escribe sobre la masculinidad normativa a principios del siglo XXI con el mismo espíritu con el que André Gide viajó a comienzos del XX al Congo para denunciar las infamias del colonialismo, o con el que Thomas Mann se dirigía a sus compatriotas durante los años más oscuros de la II Guerra Mundial desde una emisora de radio británica para explicarles, mientras los bombarderos aliados hacían trizas las ciudades alemanas, que había llegado el momento de que se preguntaran qué es lo que habían hecho sus dirigentes y soldados para que el resto del mundo hubiera llegado a odiarles hasta tal punto.

En parte precoz autobiografía millenial, en parte tratado de sociología sentimental, plagado de referencias ultracontemporáneas -discos, fanzines, películas y libros-, Game Boy es un libro que ante todo busca incomodar a su lector y llenarlo de dudas. Lo que Parkas nos plantea es que, igual que sería absurdo creer que, tras cuarenta años de franquismo, todas sus huellas iban a desaparecer por arte de magia del imaginario de millones de españoles por el simple hecho de que se eligiera un parlamento democrático y se aprobara una constitución, el patriarcado, el machismo, la misoginia, no se han esfumado de nuestra psique porque hayamos aceptado (los que lo hayamos aceptado) que las mujeres tienen derecho al mismo sueldo por el mismo trabajo, a ver reconocidas sus aportaciones a la cultura, a no ser juzgadas por el modo en que deciden desarrollar su sexualidad, etc. Nos dice con ironía e inteligencia que esto no basta. Que no tenemos que sentirnos por ello terriblemente orgullosos. Que va siendo hora de que nos planteemos lo que significa ser un hombre en nuestra época, porque ni las feministas ni los activistas LGBT tienen por qué hacerlo por nosotros.

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