Willy Porter se presenta con un disco homónimo de pop-rock acústico fresquito y bien apadrinado; Tony Levin toca el bajo en la mitad de canciones, Ian Anderson pone el aire folkie en la balada “Big Yellow Pine” y el multiinstrumentista Emanuel Kiriakou produce.
Porter resuelve mejor sus composiciones que en las co-escritas y con una técnica de punteo nerviosa –à la di Franco (“Breathe”, “Dandelion On The Minefield”)– y una voz bonita, sedosa y algo llorica, que en según qué piezas recuerda a un cruce entre Harper y Buckley (“Blue Light”, “Everything But Sorry”). Que el trabajo final se quede tan sólo entre lo bueno y lo correcto debe ser culpa de la falta de sorpresas; a lo mejor un poquitín de riesgo no le vendría nada mal –de hecho, en su lista de agradecimientos cita entre otros a Martín Barre (Jethro Tull), Jeff Beck, Paul Simon y Jennifer Batten-. Y aunque en el último tema (“Dishwater Blonde”) incluye un cuarteto de cuerda que acompaña sus falsetes, todo el esfuerzo huele inevitablemente a Beatles. Que el tiempo pasa está claro, pero en el mundo cantautoril parece que lo haga mucho más lentamente.
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