Simian han facturado un disco confuso e irregular, pero a todas luces loable. Han dado un paso hacia adelante con el que diferenciarse de los grupos neo-psicodélicos que siguen la estela de las producciones de Dave Fridmann y han creado doce canciones que se alejan considerablemente del sonido barroco de “Chemistry Is What We Are” (01) para acercarse a un pop electrónico desenfrenado y de manicomio, que puede producir efectos secundarios.
Manteniendo la estructura clásica de estrofa y estribillo, pero acudiendo al desmadre en más de una ocasión, los doce cortes basculan entre los The Beta Band del segundo disco, los Happy Mondays de “Bummed”, los Clinic de “The Second Line” y el John Lennon de la Yoko Ono Band. Dejan las guitarras y los violines al margen para centrarse en aparatos electrónicos de toda índole y una batería y bombo omnipresentes que nos trasladan a los tiempos del dance-rock. Simian tienen ganas de gritar, de decir que están ahí, que ofrecen una alternativa al pop épico y empalagoso en el que se han sumergido las bandas británicas actuales. No cambiarán el panorama musical inglés, pero por lo menos crean canciones tan saludables como "Never Be Alone" o "In Between", a sabiendas de que lo mejor aún está por llegar.
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