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La comodidad no es una opción para Jorge Pérez, un músico que siempre ha llevado cada nueva entrega un poco más allá de lo que se intuía en la anterior. Quizá el baño de realidad que implica asumir que su proyecto difícilmente recabará nunca el eco que merece, a diez años vista de su debut, tenga por contrapartida la coartada de la libertad absoluta: esa desafiante forma de ciscarse en los convencionalismos de quien ya apenas tiene nada que perder. Somos nosotros, obviamente, quienes salimos ganando. Porque cuesta reprimir los epítetos jubilosos cuando uno se enfrenta a un disco tan formidable como “Las Tres Tormentas“, en el que ya solo la primera escucha nos hace recobrar aquella vieja sensación de asombro: ese intrigante cosquilleo que brota cuando no tienes muy claro qué es lo que va a ocurrir en el siguiente corte del minutaje, tan propio de cuando apenas éramos unos críos y prácticamente todo estaba por descubrir. La cara de póker ante una secuencia de hallazgos.

El quinto álbum de Tórtel muestra la consumada pericia de quien podría extraer oro del mismo fango: hasta un simple mensaje de voz de whatsapp, acolchado sobre unos sintetizadores etéreos a lo Badalamenti, pueden servir para tramar un corte tan conmovedor como “Adelante”, pura emotividad en la era de la hiperconexión. Con el folk andino, la bossa o los efluvios mediterráneos arrumbados – quién sabe si por siempre – en un viejo desván, Jorge Pérez tiene cada vez más claro que valía la pena recorrer el trecho que mediaba entre aquel “no es nada interesante hablar de mi” (de “La Gran Prueba”, 2014) al “nadie se parece a nosotros” (de “Nadie se parece a nosotros”, 2016). También ha encontrado la horma de su zapato en un equipo de cómplices estable y marcado por la misma alergia al inmovilismo: Alberto Rodilla (Al Pagoda), Abel Hernández, Joaquín Pascual y Jesús Maciá le ayudan a a dar forma a un disco que es una gozosa experiencia sensorial, entre el bendito delirio hipnagógico (“Las Tres Tormentas”), la forja de mantras en los que logra transmitir mucho con muy poco, recurriendo a una lírica tan simple como evocadora (“Vamos Búho”) y ha habilidad – no extraviada – para dibujar estribillos de ensueño sobre patrones con tanto vigor rítmico como el de “Cerdo Sorpresa”, coronada por una de esas codas que Animal Collective ya ni recuerdan cómo resolver. Un álbum sin desperdicio, en el que no sobran ni los silencios. Superpop en estado puro.

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