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Probablemente estamos ante el mayor hype de esta época, respecto al nuevo álbum de una banda de rock fraguado, para colmo, bajo lo que denominamos escena underground. El post-rock y metal progresivo nunca habían disfrutado cotas tan altas de expectación. Es cierto que todo es nicho y es probable que, quien no esté en la franja de los 30-40 años, el fenómeno que es y ha sido Tool ni le suene. O tal vez a las nuevas generaciones les empieza a ser familiar, gracias a cómo se ha viralizado Tool con internet y la rumorología, pues cada April Fools’ Day, se ha podido ver el famoso catchphrase “New Tool Album” o alguna que otra noticia fake. Quien no haya caído en alguna de estas, es que no ha estado en la Tierra en la última década. Quizá estos trece años sin disco han servido para inflar la burbuja especulativa. Las causas fueron múltiples y la banda nunca pretendió, al parecer, una excelsa fama, ni hacerse rogar por sus fidedignos seguidores. Como bien contaba el youtuber Music Radar Clan en su canal hace unos días; desde que empezó el siglo, y hasta 2015, Tool ha tenido por resolver decenas de batallas legales con discográficas o con la distribuidora Vulcano, con la que con este, firman por fin el último disco que les mantenía ligados por contrato.

De un modo u otro, acaba de empezar una nueva etapa para Tool, y el mayor síntoma ha sido también el lanzamiento de su discografía en plataformas digitales, el pasado 2 de agosto. Hay quien bromea que debería ser el Día Mundial de Tool. Y es que han sido muchos los años que la banda se ha negado a colgar su música en digital, por los inconvenientes de este soporte para la comprensión de su música, entre otros argumentos. Ahora en cambio, recompensan al oyente de hoy, pues la versión digital de “Fear Inoculum” incluye tres cortes extra, ‘Litaine contre La Peur’, ‘Legion Inoculant’ y ‘Mockingbeat’, que si bien se dice que no son específicamente canciones, sí que alteran el minutaje global del disco, su sentido y orden, tan importantes en la discografía de los angelinos. Lamentablemente, aún no disponemos de estos cortes para la reseña.

En cualquier caso, el bloque grueso de “Fear Inoculum” lo componen siete piezas, y no por casualidad. El siete es el número mágico de este álbum, y de nuevo, Tool pretende imbuir su música en una espiral de significaciones ocultas y easter eggs, como no podía ser de otro modo, pues es lo que más les caracteriza y lo que les hace únicos. Y es así que, por contagio, Tool consigue que una reseña sea algo extremadamente difícil, arriesgado, peligroso, ambiguo e inconcluso. Y me descubro a mí mismo contando las letras de cada título, editando la portada en Photoshop, y buscando esos aspectos más subliminales que, en el fondo, ni tienen porqué estar ahí. Y ya se avisó que el álbum giraría en torno al simbolismo del 7, en temáticas, compases, número de canciones, y otros asuntos menos explícitos, como también vimos, en esta reciente gira que ha marcado la nueva etapa de Tool, cuyo principal componente escénico visible era la estructura que forma una estrella de siete puntas. Símbolo ya empleado como logotipo de su sitio de fans, www.toolarmy.com. Todo cobra ahora más sentido con la publicación del trabajo, que es también el séptimo álbum, si incluimos en la fórmula, el EP debut, “Opiate” (1992) y la demo “72826” (1991).

‘Fear Inoculum’ es el primer tema del septeto. Tambores para empezar: el instrumento por antonomasia para abrir la mente y producir estados alterados de conciencia. Oímos los primeros versos de un Maynard muy limpio, llegando a cada tono y descansando sobre él pausadamente. Tanto si tu escucha está contagiada por la impaciencia o alguno de los abundantes prejuicios, como si eres un fanboy al que le da igual lo que hagan que siempre será maravilloso, es indudable que su voz ya nos ha hecho despegar; pero todavía no sabemos hacia dónde. O tal vez cada uno deberá trazar su viaje particular, como exige Maynard y sus ambiguas formas. Tres notas componen el grueso de la estructura: A2/C3/G2. Todo empieza en A, no sé si en frecuencia 432hrz. o 444hrz. (eso se lo dejo a los más frikis), pero ya en sí parece significativa la elección de cada nota. La primera estrofa, que podemos nombrar como “venom in mania” nos introduce en una temática incierta, pero por cómo lo desarrolla, parece hablar sobre la toxicidad de algunas personas. También es curioso que uno de los arranques a este lento comienzo, lo dé una estrofa de spoken word: “bless this immunity” sería la línea que resume esta etapa. No les negaremos que, si bien este single de adelanto fue duramente criticado por ser un poco lento o flojo, la parte alegórica de conceptos de biología como “inoculación” o “mitosis” daba que pensar desde el primer momento, marcándonos así el terreno reflexivo para esta primera canción, de la que ya existen mares de reseñas.

Con una duración que también excede los diez minutos, sigue ‘Pneuma’. Solo el título, los fans ya dicen “esta sí que sí”. Pues no, todavía no. Pero damos un primer paso hacia lo concreto y se hace explícito lo brillante de cómo esta banda sabe manejar el tempo, hacerlo suyo, y sobre todo, por jugar con su mismo lenguaje. Sabe marcar la respiración del álbum como un concepto único.

Y de pronto, el contratiempo del puente que separa los versos, nos quiere partir de repente el cuello. Pero lo mejor son las sutilidades que se captan poco a poco… ¿Has oído con unos buenos cascos los coros que emergen de la nada y se desvanecen? Eso es Tool, en esencia pura. La grandiosidad de cada elemento que sutilmente aparece dispuesto, de manera inocente, pero que en un momento dado, antes o después, recaes en él, y dices, “bravo”. Le mot juste. Si vas de ácido hasta el culo (más de uno va a celebrar este disco así), probablemente el sinte del ecuador de este track te destroce los utrículos. Para el minuto nueve de esta segunda pieza, escuchamos el primer riff limpio del disco y caigo en la cuenta que, en total, las notas empleadas siguen sin ser muchas. Algún oyente inquieto ya ha perdido la paciencia en este punto. Peor para él. Hasta ahora no había recaído en que la palabra πνεῦμα es perfecta para Tool; significando a la vez espíritu y respiración. En efecto, punto de conexión con ‘Fear Inoculum’. Una canción que concluye apelando al niño que debe despertar y recordar.

Si quieren un punto de partida sobre el que explorar el significado profundo de este álbum, y las nuevas reflexiones que Maynard ha querido poner sobre el papel, deben empezar seguramente por este tercer corte. ‘Invencible’ incorpora el minutaje más interesante del álbum, con ruptura en su epicentro y cambio de tercio. Ojo aquí a la línea que dice: “chasing Ponce de León’s phantom song” ¿En serio? ¿Ponce de León? ¿Ningún medio musical ha visto esta relación con el hecho de que la gira empiece en Florida, cuna del mito del fantasma de Ponce de León, e inmediatamente después, por nuestras tierras? ¿O el hecho de cómo nos han ido dando pistas durante todo el disco, sobre esa búsqueda de la “Fuente de La Juventud”. Por momentos, el espíritu del ocultismo, se hace muy explícito. Pura alquimia.

Y si decíamos que habíamos despegado con este primer bloque, ahora descendemos. ‘Descending’ empieza con sonidos de aire que se entremezclan con sonidos de agua. Acompañado por un bajo que, marca una sola nota, Maynar canta: “Caída libre hasta nuestra medianoche; este epílogo de nuestra propia fábula”. Hay mucho de vocoder, de voces medio sumergidas, y edición de la voz como único elemento puramente melódico e hilo conductor. “Caer no es volar” dice, y aquí entra la guitarra.

En esta gira de vuelta ya pudimos oír dos temas de este “Fear Inoculum”: ‘Invincible’ y este ‘Descending’, en Download Madrid, así como en Lisboa añadirían también un tercero: ‘Chocolate Chip Trip’. Esta canción en directo genera la máxima quietud de la audiencia; silenciosa y atenta… ¿Quién puede decir entonces que Tool no consiguen lo que pretenden? En estos tiempos en que las bandas de rock que mejor funcionan son la que abusan de la sobreexposición de ideas, cambios de estilo, letras absurdas…, Tool marca de nuevo el rumbo más serio y maduro. Y si no, lo que está claro es que este desmarque suena sincero y honesto. Llegado a este punto, uno se plantea si no llevamos décadas escuchando un género musical mal clasificado, y que acaso sería más bien algo así como psychological-rock. En fin, una vez que ‘Descending’ nos ha llevado a su terreno, el minuto siete es para un solo tras el cual todo muta a una especie de fantasía steampunk, o banda sonora de ciencia ficción. Todo este minutaje final nos vuelve a dejar con la sensación de “calma tensa”, que Maynard define muy bien en el último verso: “Llamadnos a las armas y al orden”.

Arranca ‘Culling Voices’ y la premisa suena ya peligrosamente semejante a sus precedentes. Al menos en las primeras escuchas. Se intuye más instrumentación étnica que, como la mayoría de arreglos, están sumergidos en el trasfondo de lo musical. El tema no explota hasta el minuto octavo, junto al repetitivo “Don’t you dare” que suena a mantra. La melodía despide con apatía la pieza más austera o complicada del álbum.

‘Chocolate Chip Trip’ denota, ya desde el título, un giro importante. De pronto, unos sintetizadores en bucle rompen toda la dinámica del disco, en compases de ⅞, y todo se vuelve disonante y turbulento. Descubrimos que la pieza es un solo de batería de Danny Carey, y a estas alturas has caído en la cuenta ya de que es el músico que más ha trabajado en este disco. Siempre sin restarle méritos al omnipresente Justin Chancellor al bajo.

‘7empest’ es el último cuarto de hora, y el tema que todos los fans querían escuchar. El momento cumbre sónico del álbum se presenta cuando por fin Maynard dice “Keep Calm, fuck, here we ego again”. Es como un orgasmo tras un largo periodo de abstinencia sexual. También hay algo de guiño auto referencial. Joder que si lo hay. Personalmente, escuché este track por primera vez mientras en Madrid caía una tormenta eléctrica y granizaba en pleno mes de agosto, así que perdonen esta epifanía personal que no viene al caso. Solos de guitarra muy locos por doquier (¿Adam Jones, dónde estabas?) para concluir un álbum por fin con una pieza que no admite amonestación. Si llega a ser elegido como single, mucha gente incluso podría haberse sentido engañada. Finalmente, una superposición de voces que nos resuelven la trama, la cual venía basándose [alerta spoiler] en un lisérgico ritual de expiación. Fin. El disco acaba, y no sabes que pensar. Confuso, vuelves a esa espiral tripofóbica de ojos que es la portada (que aunque parecía pobre, han resuelto sabiamente, haciéndola animada para redes sociales y para el soporte físico, el cual no lo olvidemos, es un disco que incorpora un reproductor con pantalla y altavoces). El disco te devuelve la mirada y parece saber más de ti que tú de él.

Seguramente, para aquellos individuos cuya sinaptogénesis tuvo lugar en los años 80/90 Tool forma parte de su ADN emocional. A esta gente hay que decirle que ojalá escucharan toda la música con la misma atención: que Tool no han inventado todo lo que hacen. Pero que aun así, no demeritan la posición en la que están. En el año 2019. Tool se siguen oyendo con los ojos cerrados; sin atención distraída, sin pantallas alrededor (bueno, salvo la del disco físico). Es por ello que, y concluyo, Tool sigue evidenciando su “relevancia silenciosa” con el paso de los años. Y lo único por lo que se les puede levantar el dedo es para decirles: “no volváis a ausentaros tanto tiempo”.

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