Decía Pedro Arranz, cuando la banda publicó “Yiyi” (23), su anterior disco, que la vocación de Cómo Vivir En El Campo reside en componer desde el conjunto y no desde el solipsismo, generando con ello un clima y una identidad muy específicos para sus producciones. Tres años después, y con el que es su sexto álbum de estudio, comprobamos que ese anhelo de pasar por alto el efectismo en favor de crear una atmósfera concreta continúa intacto en el sino de estos rústicos estetas.
Especialmente cuando vemos que el folclore apócrifo de “Tan lejos como esta tarde me lleve” comienza a desplegarse ante nosotros como el mapa sentimental de un paisaje acrónico y quimérico, trasladándonos a sus regiones más hondas sin opción alguna de regreso. Menos estrictamente acústico que su ya mencionado antecesor, el nuevo compacto del conjunto madrileño dilata sus márgenes en favor de una suerte de híbrido entre chamber pop costero, canción castiza y telúrica y soul atenuado, saliendo indemne de tal ambiciosa empresa gracias a la sencilla habilidad de sus partes para hacerlo todo bonito.
Como buenos mesetarios, se sienten de todas partes y a la vez de ninguna, razón por la que el elepé tiene la virtud de la ubicuidad y abole las distancias desde la orfebrería del detalle, pasando del imaginario mestizo y centroamericano de “Güircho”, tejido entre cuerdas andinas y coros atávicos, a esa relectura del ruralismo vasco que es “Gaztetxe” (“casa de jóvenes”), ejecutada desde el romanticismo doméstico y el preciosismo barroco. Se habrán dado cuenta, los ávidos oyentes, que el denominador común de estas dos joyas es la voz satélite de Begoña Casado, quien se ha convertido por derecho propio en ese delicioso contrapunto cálido de la fórmula, haciendo aún más rica la misma.
Claro que, aunque sea tentador anclar el foco en su luminosa contribución o en el polifacético arsenal de recursos instrumentales del que se vale el montante –tenemos clavicordios en “Gaztetxe”, pedal steel y congas con groove en “Tú a mi vera (yo a tu verita)” y órganos ye-yé en “De la foto que me guardo”–, resultaría imperdonable pasar por alto la aptitud de Arranz para lograr que lo aparentemente nimio termine embelesando con modesta hermosura. Tenemos desde su versión más sabinera y callejera en “Correr el sur”, salpicando sus fraseos de acordeón con versos descreídos, hasta ese atrevido mimetismo con el clásico contemporáneo de Natalia Lafourcade (“Nunca es suficiente”), desplazando el tema original de la mexicana hacia una febril y sensual cadencia de celuloide erótico.
De la estepa al arrabal, y tan capaz de recuperar la precisión pop de sus responsables (“De vez en cuando en lugares extraños”) como de convertir su desamor en postal de verano (“Nomeolvides”), “Tan lejos como esta tarde me lleve” no renuncia en sus desvíos a la rara elegancia y delicadeza sostenida en la genealogía de Cómo Vivir En El Campo, confirmando que el único principio innegociable de sus miembros es y seguirá siendo la belleza.
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