Encaramado durante las últimas décadas al púlpito desde el que se oficia el blues más heterodoxo y furibundo, el músico estadounidense, a través de sus múltiples encarnaciones (desde Pussy Galore a sus Blues Explosion, Heavy Trash o Boss Hog), Jon Spencer ha demostrado la salvaje ductilidad con que puede ser trabajado dicho género ancestral. Un propósito al que se suma otro capítulo, firmado otra vez bajo su nombre y en compañía de Kendall Wind y Macky Spider Bowman, la sección rítmica de The Bobby Lees, en el que vuelve a reinar una anárquica ferocidad convertida en lenguaje identificativo.
No parece que haya una banda sonora más idónea –dada su condición abrasiva y violenta– para los tiempos actuales –repletos de incertidumbre y llantos– que la expresada por este intérprete en constante estado de agitación. Una naturaleza de la que se vale para expiar pecados propios y colectivos, un propósito que, algo dulcificado por una producción demasiado limpia que impide sentir el barro calando con mayor profundidad en nuestros huesos, se anuncia en un disco especialmente disruptivo en cuanto a su relato melódico, un aspecto que ni es ajeno a su ejecutor ni debería serlo para sus seguidores.
Esquivo a la homogeneidad y adicto a los ritmos abstractos, este repertorio germina desoyendo cualquier patrón establecido y encomendado en exclusividad al mandato de los instintos. Una visceralidad que rastrea su legado grupal en “Vermin Attack!” como hace desfilar a “Mr. Lion” bajo los andares de crooner desquiciado propios de Captain Beefheart o realiza su propia deconstrucción del boogie por medio de “Slip Away”. Fogonazos que irradian fuzz y una interpretación pretendidamente dislocada que, entre riffs y arrebatos rítmicos, procedentes del rockabilly, el garage o cualquier sonido lo suficientemente turbio como para ser conjurado, aloja gesticulaciones vocales que aluden al relincho del paso del tiempo o al odio como idioma del poder.
Si entendemos la elaboración de un discurso como un concepto necesariamente dotado de linealidad y coherencia interna, entonces no es el término idóneo para definir a este disco, ni tampoco a su creador, pero si por el contrario asumimos que el verbo (también el musical) es capaz de nacer sin una morfología definida, entonces estos rabiosos envites brotados desde una aparente espontaneidad deben ser elogiados como fruto del talento creativo. Y es que probablemente nadie más apto para radiografiar el presente que un predicador devoto del ruido y la furia.
Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.