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Nothing

Si Jason Pierce finalmente cumple su palabra – que suena casi a ominosa amenaza para sus fans – y decide apuntillar la carrera de Spiritualized con este disco, serán legiones quienes le echarán de menos. Nunca se había demorado tanto – seis años – en prolongar su saga discográfica, consecuencia de un tortuoso proceso de creación que le ha tenido más de dos años enfrascado en estas nueve canciones. Durante este tiempo se enfrentó a sus dilemas personales y a la insatisfacción casi brianwilsoniana (por lo obsesivo) que resulta de no lograr plasmar en surcos el cúmulo de ideas que anida en su cabeza, siempre con el bendito listón de autoxigencia extraordinariamente alto (una secuencia de álbumes no exenta de picos bien altos, entre la que aún despunta el celestial “Ladies & Gentlemen We Are Floating In Space”, tan presente estos últimos años en sus directos). Pero el de Rugby por fin desvela una obra que, recurriendo a su vis más esencialista y desnuda, compite con lo mejor de un argumentario ya de por sí formidable, macerado a lo largo de más de un cuarto de siglo.

La espera ha merecido la pena. Vaya que sí. Si esto es un epílogo, no podría ser mejor. Si es el epitafio avanzado de un superviviente (que salió indemne por pelos de una grave neumonía y una hepatitis C) que aún está aquí para contarlo, tampoco puede ser más adecuado. “And Nothing Hurt” es un trabajo acorde con la coyuntura de un músico que, rebasando la barrera de los cincuenta años y habiendo estado más de una vez a las puertas del otro barrio, levanta acta notarial – sin amargura – de la progresiva desaparición de un universo de referentes que se desvanecen, tal y como hizo James Murphy en la última entrega de LCD Soundsystem: algo de ese hundimiento se refleja en el código Morse que orla su portada (de nuevo con el diseño maestro de Mark Farrow), y en su forma tan orgullosa de blandir esos códigos de la música popular del siglo XXI (letanías gospel, hechuras soul, algún traqueteo motorik por aquí, otro sarpullido free jazz por allá) que más de una vez ha corrido el riesgo en sus manos de caer en el cliché, pero que en este álbum resuelve con una naturalidad pasmosa, ante la que no queda más remedio que rendirse sin condiciones.

Prácticamente cada uno de sus nueve cortes podría ser un clásico instantáneo. Haciendo de la necesidad virtud, y de la – obligada – economía de medios un activo que redunda en consumada depuración de estilo (en esto recuerda a “Songs In A&E” de 2008), el octavo álbum de Spiritualized, registrado por entero en el estudio casero de J. Spaceman, se abre con la nana lisérgica in crescendo que es “A Perfect Miracle” y echa el telón con la oceánica “Sail On Through”, remanso de espiritualidad marca de la casa. Entre medias, una “I’m Your Man” que es lo más parecido a un incunable soul que nunca haya grabado, emocionantes letanías de intensidad creciente como “The Prize” o la enorme “Damaged” (con su emocionante sección de cuerdas), serenas evocaciones del inclemente paso del tiempo prácticamente susurradas a media voz como “Let’s Dance” o “Here It Comes (The Road) Let’s Go” y un par de momentos que son los únicos que inciden en el horror vacui en el que tantas otras veces se ha zambullido a conciencia: el cruce entre Neu y Onette Coleman que es “The Morning After” y los chispazos de electricidad desbocada de “On The Sunshine”. Más sereno que contenido, más sabio que escéptico, Jason Pierce se ha esmerado en despachar otra (¿su última?) obra magna. Y lo ha logrado.

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