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Se sigue pareciendo al pijo malo que
interpretaba James Spader en “La chica de rosa” pero sigue sacando
discos más grandes que la vida. El bueno de Jeremy Jay sigue en racha
con “Slow Dance”, un trabajo que cambia el imaginario glam de juguete
que poblaba su primera obra por la nueva ola más resbaladiza y bizarre.
Los
teclados que acompañan ahora al músico más cool que ha parido nunca
California son, en su sencillez, gélidos y metálicos, de esos que
cortan la piel. Como si fuera posible cruzar en una canción a The Cars
y a los primeros Subway Sect sin cagarla. Pues bien, Jay lo consigue, y
demuestra que es un as a la hora de armar canciones que, a pesar de ser
rabiosamente pop, esconde oscuros y complejos recovecos. Es un outsider
con encanto, el personaje que siempre eliminarían de nuestra teen-movie
favorita, y detrás de su apariencia cándida e inocente, de mejor amigo
soñado, Jeremy Jay sigue siendo un esquivo, fabuloso e hipnótico
enigma. Si un día David Lynch se decidiera a hacer una película sobre
la adolescencia, “Slow Dance” sería su perfecta banda sonora.

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