La soledad del cantautor de fondo. Como cuando Tom Waits llega al bar aún cerrado de su amigo holandés en el desierto y se pone a cantarle a pelo, como Jeff Tweedy cuando agarraba llorando la acústica en los primeros tiempos de Wilco, se ponía a componer ante el espejo de su casa y pensaba “voy a cantar mi vida”.
Como el mejor de los cantautores de vocación perdedora que pueblan las ciudades y los pueblos americanos. Como si Howe Gelb fuera menos lineal, no tocara el piano y cantara él sólo temas de Giant Sand, como el polvo sobre un rancho abandonado, como un corazón roto, clásico como la americana, contemporáneo como un cantor indie. Con la pedal steel de Alex McManus (Lambchop, Bright Eyes). Y sobre todo absolutamente contrario a Sufjan Stevens: cero escaparatismo y toda la vida interior. Después de nueve discos desde el 93, Simon Joyner ha dado todo lo que lleva dentro y ha acertado con la tecla. Joyner alcanza momentos sublimes (“Epilogue In D”, “Medicine Blues”, “My Side Of The Blues”) mientras nos cuenta sus penas, y llega a la pura gloria al final de los siete minutos de la tremenda “The Only Living Boy In Omaha”, la salida de canción más bonita en años, sin duda.
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