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Anillos

Después de siete discos y miles de conciertos, Second se han ganado el cariño del público de aquí. No es difícil quererlos: buenos tipos, melómanos empedernidos y, sobre todo, unos músicos infatigables. Obstinados en su deseo de dedicarse a lo que más les gusta y llevar sus canciones por todos los rincones del país.

“Anillos y raíces” es la octava referencia de un grupo que nos ha dejado al menos dos discos excelentes de pop-rock en castellano (“Invisible” y “Fracciones de un segundo”), el primero aún con temas en inglés, y otro notable (“Demasiado soñadores”). También es el primero tras la marcha del guitarrista Javi Vox, y quizá sea éste uno de los factores que han empujado al grupo a hacer un ejercicio de introspección. De hecho, según la hoja de “promo”, el álbum presenta su música “como un árbol, que han ido minando a lo largo del tiempo, partiendo de lo más profundo, las raíces, y que emerge hacia el exterior apoyada en las nuevas vivencias, los anillos”.

Así, el vigoroso tema de adelanto “Mira a la gente” parece una invitación a mirar al exterior, un grito contra la alienación provocada por un mundo cada vez más individualista, en el que cada vez nos encerramos más en relaciones personales exclusivas o en las pantallas de nuestros teléfonos móviles. Mientras, “¿Quién pensaba en eso?” parece reflexionar sobre las expectativas y el paso del tiempo.

Musicalmente, el disco transcurre con la poderosa voz de Sean llevando el protagonismo de las melodías por encima de las guitarras. El cantante cada vez se encuentra más a gusto en los medios tiempos, y aunque las constantes de la banda siguen ahí (guitarras crepusculares, teclados ganando protagonismo), a veces falta el nervio melódico que siempre ha caracterizado al grupo.

De este modo, el disco carece de la inmediatez de sus anteriores entregas. No hay hits, como lo eran las incontestables “Primera vez”, “Nivel inexperto” o “La barrera sensorial”. Sólo se le acercan el mencionado tema que abre el álbum y “Alguien tiene que hacer algo”. También engancha el riff de guitarra de Jorge en “En otra dimensión”, y el riff de teclados de “La suerte final”, con esos coros finales que tanto gustan a la banda y sirven de epílogo a un disco correcto, pero que no suma en el legado del grupo.

En definitiva, la intención de los murcianos de profundizar en sus “raíces” como banda, de hacer un ejercicio de introspección, no termina quizá de alcanzar el poder de sugestión deseado.

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