¿De dónde sale este tipo? El tal Scott Garth podría ser el típico chico inadaptado con un ramo de flores en sus entrañas, como el Boo Radley de “Matar a un ruiseñor”. Su álbum de debut reúne once canciones de alta sensibilidad en las que el músico rehuye el ejercicio de estilo pero utiliza todo lo que se ponga a su alcance (cello, piano, loops o instrumentos indios como acompañamiento a su voz y su guitarra) para generar una hermosura muy sutil, sin efectismos ni estridencias.
Sus canciones son tan ininteligibles (¿escritura automática?) como certeras a la hora de provocar emociones. “Cretin Velour” podría ser un exabrupto contra su mundo de alrededor, “Orchestra” un tema sobre los celos; “Magdalene”, una turbia historia de amor y “Garden” una reflexión neo-hippy, pero probablemente no tengan nada que ver con nada de eso y tampoco importe un carajo. El de Garth es, como las buenas películas, un álbum cuyo goce aumenta cuando no sabes absolutamente nada. Hay un algo de pureza absolutamente inusual, un espectro aparentemente reconocible (rock otoñal de autor, vamos) y al mismo tiempo extrañísimo: sugiere sin sublimar, renuncia a explotar el dolor y busca ámbitos intermedios, como las esculturas que aparecen en el artwork. Esa era la palabra: belleza serena.
Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.