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Tratando de justificar con nuevo material sus más de doce años -casi ininterrumpidos- de vuelta a la carretera, y con la difícil (¿quimérica?) misión de sustanciar entregas que no destiñan al lado de la magna producción que gestaron cuando los ochenta hacían bisagra con los noventa, Pixies están de vuelta. Y esta vez lo hacen tras seis semanas encerrados en un estudio de Londres, con una formación estable (Paz Lenchantin, ex Zwan y ex A Perfect Circle, más que asentada al bajo tras aquella fugaz aportación de Kim Shattuck), nuevo productor (Tom Dalgety, que luce a Royal Blood, Killing Joke o Siouxsie en el currículo) y el propósito de enhebrar un álbum, y no una simple agregación de EPs (porque eso era el deslavazado y desangelado “Indie Cindy”, de 2014). La apuesta se salda con doce canciones concisas y sin experimentos (¿recuerdan “Baggboy”?), como en los viejos tiempos, que suenan a producto cohesionado (de hecho, más disfrutable que sus tres adelantos por separado) y emiten algunos signos de recuperación de sus señas tradicionales, aunque -por desgracia- se van desvaneciendo en el desfondado último tramo del álbum. Por mucho que la particular imaginería pixiana (ciencia ficción, apuntes religiosos, exotismo escabroso, cinefilia) brille de nuevo con fuerza.

Lo más proteico está en su primera mitad: “Head Carrier” suena aquilatada, recobrando aquella fiera corporeidad que les distinguía. “Classic Masher” constituye su mejor diana pop en eones, cincelando una melodía que parece hermana pequeña del “Head On” de The Jesus & Mary Chain (y que ellos convirtieron en uno de sus puntales). “Baal’s Back” es lo más parecido que han facturado nunca a “Rock Music”, y por unos segundos rescata esa sensación de peligro que parecía extraviada en un lugar muy lejano, una impresión que cobra fuerza cuando la guitarra de Joey Santiago vuelve a estar en condiciones de trepanar la mollera más dura en la anfetamínica “Talent” (de lo mejor del lote, con mención al actor Jack Palance) e incluso también apuntalando la agresividad de cartón piedra de “Um Chagga Lagga”, que retiene mucho del molde pero poco del tuétano.

El acoplamiento de Paz Lenchantin como miembro de pleno derecho depara una cuota extra de dulzura en la veta más pop de la banda, tanto en el trazo cumplidor de “Might As Well Be Gone” como en la alternancia vocal que se marca con Black Francis en la resultona “Bel Esprit” (que tiene algo de “A Lettter To Memphis”). Aunque, sobre todo, despunta en la autoría compartida de “All I Think About Now”, en cuya letra Francis trata de congraciarse con Kim Deal (de hecho, tanto su línea de guitarra como los coros -y hasta la entonación- de Lenchantin parecen más que un guiño a los que inmortalizó Deal en “Where Is My Mind?”). Y hasta ahí, las buenas noticias, porque la medianía que ya anticipan “Tenement Song” o “Um Chagga Lagga” tiene continuidad en una recta final a la que llegan como si hubieran perdido todo el fuelle, con la lengua fuera, y que rematan la anodina “Plaster Of Paris” y el destensado surf rock de “All The Saints”, que raya lo insulso.

En síntesis, podría decirse que “Head Carrier”, pese al ligero repunte que brinda, no aporta absolutamente nada a todo lo que tocaron durante aquel lustro (1987-1991) en el que fueron una de las mejores bandas del universo. Aunque consiga aguantarle la mirada sin pestañear y con bastante empaque a aquella producción durante más de la mitad de su minutaje. Sus canciones serán celebradas con tibia calidez en sus conciertos, en el mejor de los casos, o le servirán a más de uno para convertirlas en el clásico receso durante el que acercarse a la barra a pedir la siguiente cerveza, en el peor. Pero al menos tampoco acaba sonando a un pálida versión filoalternativa de lo que una vez fueron, ni a un disco de descartes de Frank Black. Y eso ya es algo.

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