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pixies nuevo disco

Muchos asumimos desde el primer minuto que era físicamente imposible que las nuevas composiciones del cuarteto de Boston le hicieran cosquillas a sus fabulosos trabajos originales. Como era de esperar, los dos precedentes de este tercer álbum de Pixies tras su regreso de las catacumbas, no entusiasmaron. Menos aún después de la espantada de Kim Deal, quien (casualidades de la vida) sacó el año pasado un disco estupendo con The Breeders. Había, cómo no, destellos de la gloria pasada. Admitiendo esto, la impresión que siempre me han dado las canciones de esta segunda era de “Pixies” (entrecomillo aposta con cierta malicia) es que estoy escuchando a Frank Black (o Black Francis) en solitario con las estupendas guitarras de Joey Santiago y los ritmos precisos de David Lovering, más guiños estratégicos a su gloriosa juventud. Es decir, aquella asombrosa química grupal espontánea se ha desvanecido en beneficio del cálculo terrenal más o menos inspirado.

Esa sensación se mantiene con este voluntarioso y crepuscular “Beneath The Eyrie”, donde Black y compañía se esfuerzan buscando oxígeno creativo en su lejana etapa de esplendor, la habitual serie B excéntrica y el rock fronterizo. Para empezar, la acartonada “In The Arms Of Mrs. Mark Of Cain” me deja frío, con esa batería producidísima, coros de la totalmente integrada Paz Lenchantin y guitarras marca de la casa. En cambio, el single “On Graveyard Hill” despega, aunque se copian a sí mismos sin rubor y el estribillo podría figurar en cualquier disco de Black en solitario. Difícil ponerle peros también a la brillante “Catfish Kate” y un estribillo que recupera la magia y nos hace esperar el milagro. A partir de ese pico, el álbum oscila de las frikadas simpáticas (“This Is My Fate”, “Los surfers muertos”, esta con Paz Lenchantin llevando la voz cantante, o “Bird Of Prey”) a momentos de spaguetti western más bien intrascendentes (“Ready For Love”, pese al lucimiento de Santiago: uno de los guitarristas más creativos de su generación) y ejercicios de rock desértico como “Silver Bullet”. Cortes tan alambicados como “Long Rider”, que no esconde su vocación de single, y otros tan elementales como la musculosa “St. Nazaire”, no mejoran sustancialmente el panorama de un conjunto introspectivo y con un punto melancólico. Hacia el final, la melodía de voz (Francis siempre ha sido un excelente cantante) y las certeras guitarras de “Daniel Boone” no pueden enmascarar la impresión general: estamos, otra vez, a distancia sideral de las glorias con que se ganaron la inmortalidad, aunque un palmo por encima de “Indie Cindy” y “Head Carrier”. Les servirá, en cualquier caso, para meterse gira mundial y recrearse en sus clásicos. Y así, hasta que el cuerpo aguante.

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