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Salto Pauline

Siguiendo al pie de la letra la apertura de este nuevo y esperado álbum de las hermanas Álvarez, se podría decir que hay un bosque dentro de Pauline en la playa, un bosque muy grande, delicado y silvestre, todo un ecosistema rico en matices que no impiden ver, contrariando el dicho, el logrado trabajo que redondea una carrera musical de 20 años desde aquel debut atrevido, ‘Nada como el hogar’ (99). No se podrá apreciar ‘El salto’ en su máxima expresión sin recordar dónde toman impulso esas sinceras palabras entonadas a dos voces: poesía aprehendida frente a las olas del Cantábrico, antes, durante y después de cansinos quehaceres alimenticios de estricta rutina, y en los bares de Gijón, en sus calles vacías, en los parques y patios de colegio, en excursiones campestres, en películas de manta y sofá, en los discos y libros de Paradiso…

Si todo esto ya venía floreciendo desde los inicios en aquel primer EP -‘Titubeas’ sigue siendo emblema para sus fans-, los titubeos de antaño se trenzan ahora en canciones (‘Tricotar’ o ‘La mujer barbuda’) que muestran labores corales, líricas e instrumentales muy afanadas. Son diez los temas de este último álbum, y ninguno tropieza con los troncos que ha ido tumbando la vida, más bien los incorporan al fuego de campamento donde arden los recuerdos: Undershakers, Vainica Doble, las escuelas de música, el suave jazz, Eric Rohmer, los arpegios de guitarra… Todo el conjunto continúa protegiendo ese bosque mental y musical en el que vive fructuosamente Pauline, que depura su carrera gota a gota y sin prisa. A estos elementos naturales hay que añadir la hojarasca recogida en sus respectivos proyectos paralelos (Mar en la banda Petit Pop, Alicia con su proyecto personal Pulgarina), donde la música reinventa el inagotable imaginario del frondoso y agradecido mundo infantil. Así, en ‘Auuu’ la eterna juventud cede terreno a otra etapa vital alimentada de cuentos y lobeznos, y lo mismo ocurre con los curruscos de pan en ‘Pin, pan, pun’. Ambos temas parecen escritos para ser cantados por todos los públicos. Dejan para el cierre el tema más largo, ‘La gran ballena azul’, con el que es imposible no quedar prendado de este disco, de este dúo, de esta época, como si las hermanas Álvarez lo hubieran compuesto como guía para quienes pretendan penetrar en los paisajes más íntimos de su propio bosque.

No es de extrañar que este inmenso hábitat logrado en ‘El salto’ se acote y controle mediante la fórmula de la autoedición y con ayuda de gente amiga (hasta tres ex Penelope Trip se dejan caer en él, entre otro puñado de artistas locales), pues hoy en día parece ser el modo más apropiado, cuando se cultiva de manera acertada, para preservar el delicado pop que brota de aquel ya legendario indie de los años 90. La montaña es tan alta…

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