Oral_Abisal
DiscosSilvia Pérez Cruz

Oral_Abisal

8 / 10
David Pérez Marín — 28-05-2026
Empresa — Sony Music
Género — Canción

Hay artistas que se mueven siempre, hagan lo que hagan, en la excelencia, ya sea en trabajos compartidos, como los últimos “Silvia & Salvador” (25) junto a Salvador Sobral, y “Chacareras” (24), acompañada de Juan Falú, o en su anterior e inconmensurable trabajo en solitario, “Toda la vida, un día” (23). Entre medio, su voraz espíritu colaborativo y creativo la llevó a unirse y firmar canciones que dejaron huella con artistas como Residente, Valeria Castro o Rosalía. Y ahora, la compositora catalana Silvia Pérez Cruz, una de las voces más siderales de este siglo, vuelve a vaciarse en otra obra al alcance de pocos, “Oral_Abisal”. Décimo disco en el que su madurez artística sigue afianzando sus raíces y echándolas a volar, en un proyecto dual que huye de los extremos y busca espacios comunes en tiempos de estrés, multipantallas, fake news, falta de empatía y consumo rápido inducido. Como bálsamo, la pausa y degustar cada momento único y cambiante, fundirse, transformarse, explorar y sumergirse en los límites de lo conocido y lo onírico. Una dualidad que nace de “una búsqueda constante, de investigar los extremos para encontrar los grises, los puntos de unión, lo líquido, el agua, la voz”.

Así, prepárate para otro viaje inolvidable y, “si no te quieres perder, piensa siempre en espirales, recuerda de dónde vienes y sanarás to’ tus males”. Cogemos la mano abierta de Silvia en la emocionantísima “Chundwa (Chacarera)”, nos dejamos llevar por su oleaje sereno de percusiones, coros y vientos, por el llanto luminoso de su canto, “poema de todos los mares abisales”; y nos lanzamos al agua al son irresistible de ese sentido y empoderado himno a la igualdad, (sirena y) “Capitana” (dos de los temas más bellos del disco), adentrándonos ya de pleno en la dualidad de “Oral_Abisal”. Una coexistencia y cambio de estado que nos llega y envuelve desde la misma portada, con el rostro de Silvia dividido en dos colores, expandiéndose en lo sonoro y formal, ahondando en las dos caras de diferentes texturas musicales que terminan por encontrarse, en castellano, catalán, inglés y portugués. Por un lado, lo Oral (rosa), que es origen, casa, mesa, raíz, (instrumentos de) madera, calidez, carne, mano, canto colectivo, madre, mujer, flor, historia de amor y desamor. Y, por otro lado, lo Abisal (azul), la búsqueda, lo profundo, lo onírico, (instrumentos de) metal, lo abismal, hueso, infinito, canto introspectivo, cristal, mares, lo desconocido y las noches.

Quince canciones en las que construye sus cimientos rodeada de su equipo/familia habitual –Marta Roma (violonchelo), Carlos Monfort (violín) y Bori Albero (contrabajo)–, intercalando armonías que se nutren de instrumentos de cuerda, voces y percusiones, como en el mal querer de “El golpe bajo”, con la voz de Silvia alcanzando cumbres en el dolor de la traición y las cicatrices a flor de piel, donde nos duele hasta “el costao del alma y la boca del estómago que calla y calla, y a veces canta y sus males espanta”; para pasar antes por “Moreno”, bolero con aroma brasileño en el que renace el amor: “Desde entonces las heridas son espejos que me alumbran y me recuerdan que hay que amarse, que hay que amar, acompañar y acompañarse”. Entre flores y radiantes latidos, hacia atrás y hacia delante, “En un rincón” o en el vaivén imborrable de cuerdas de “El primer beso”, pasando por la hermosa delicadeza de “É triste viver sem seu amour sem” y ese “No fui cuerpo, no fui carne, no fui… Fui canción, inspiración…”, un desaparecer y renacer en el que Silvia vuelve a mecer cielos y estrellas, cambiando de forma y “Gelando” junto a Jota.pê.

Y del hielo a lo líquido y vaporoso y viceversa, a flotar y sumergirse de nuevo bajo el mismo hechizo abisal, en mares de metales, trompas y flautas traveseras al mando. De la doliente profundidad “sin memoria ni piedad” de “Mar muerto” junto a Soly Malamine y Mouhammad, a una “Líquido” como tesoro que resplandece en las profundidades, en la que Silvia borra los límites, transformándose en agua, lágrima colectiva que nos une cantando la pena de todos, encontrándose a ella misma en ser para los demás, con claro quejío flamenco que araña y sana al mismo tiempo: “Yo quisiera ser agua para regarte las flores y los amores… No canto mi pena, canto la pena de todos y ahí me encuentro a mí”. Una vez más, Silvia nos encuentra y une, demostrando que estamos ante una de las voces y sensibilidades creadoras más genuinas de las dos últimas décadas.

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