No cuesta creerte a este quinteto granadino. Es fácil empatizar con sus canciones desde la primera escucha. Al menos para mí. Transmiten veracidad, pese a que los mimbres que emplean no sean precisamente rupturistas. De hecho, el descorche drum’n’bass de “SAL!” me recuerda al de otro gran álbum de pop en castellano: “Cirujano patafísico”, de Chucho, y de esto hace más de veinticinco años. Pero eso no impide que su exultante estribillo te embargue. Al igual que la gran melodía pop de “Un poco más”, armada sobre una síncopa rítmica muy post-punk. Se nota que Toni Jiménez, su vocalista, guitarrista, teclista y compositor principal, no es precisamente un talento emergente. Lori Meyers, Carlangas o Niños Mutantes saben bien de lo que es capaz. Nosotros también deberíamos haberlo sabido desde su anterior álbum, aquel debut (“Habitación”, de 2023) que nos pasó completamente desapercibido.
Otro motivo para conferirles devoción: en ningún momento aburren. Son solo ocho canciones y ninguna sobra ni redunda. “Hielo” parece un medio tiempo de pop electrónico radioheadista hasta que sus guitarras la atraviesan con un brote de electricidad chisporroteante. “Todo el tiempo” es una sentida y bonita balada al piano. La sombra de unos King Krule puede aflorar en la estupenda “En realidad no”, de la misma forma en la que “Juventud” me recuerda más (en el fondo, no tanto en la forma) a Golpes Bajos que a Depresión Sonora. La dulce voz de Ana Jiménez mezcla extraordinariamente con la de Toni en la emotividad transparente de “Lo que dejaste”, y “La espera” es otro espléndido medio tiempo que abrocha treinta y uno minutos producidos por Jaime Beltrán (Nacho Casado, Pájaro Jack, Sr Chinarro) con su habitual buen hacer. Nievla muestran capacidad de seducción y delimitan territorio propio con herramientas que en otras manos serían –a veces lo son, de hecho– arcilla para moldear indie tópico y profiláctico. Conviene seguirlos.
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