Por si alguno no se ha enterado aun, bajo este nombre se esconden tres pilares del pop estatal. Por un lado hallamos a Pau Roca, guitarrista de La Habitación Roja y encargado de dibujar los paisajes sonoros de este disco.
Quien ha silueteado el personaje que hormiguea por estas melancólicas historias es Sergio Vinadé, parte del aliento de Tachenko e indiscutible pieza clave de aquellos El Niño Gusano. Faltaban los diálogos, y nadie mejor para hacer hablar a la lánguida criatura que Julio De La Rosa, quien entregara al frente de El Hombre Burbuja algunas de las más dolorosamente bellas historias escritas jamás. ¿Supergrupo indie? Si sus poderes son, a base de lanzar diestras melodías, la superterapia de choque, el superespejo en el que verse y la superemoción, son un supergrupo. Fantasmas son los que me castigan sin ningún tipo de piedad cuando escucho las letras de “Un sueño”, “Canción para no pensar”, “La chiflada del paraguas”, “Ana”, “Éramos tan grandes” o “Lo que queda de verdad”. El pasado doloroso parece haberse adueñado de casi todo el discurso de esta película, tanto en unas melodías rebosantes de acordes menores cargados de sentimiento como en unas letras que hablan de lo que pudo ser, de los errores, la locura, el olvido, el abandono, el fracaso y la muerte en vida de quien pierde. “Todo puede ser” abre esta colección de crueles nanas despertando los primeros fantasmas. “Aguafiestas” traslada el drama a cálidas latitudes mediterráneas con una historia llena de oscuras reflexiones. “Vivir” podría ser la más rockera de las piezas. En “Un sueño” pianos y acústicas comienzan a obligarte a salir del tono abatido de la que acaban de sacarnos los ritmos tropicales de “Robinsones”, en la que canta Vinadé. “No More Dramas” suena canalla, con guitarras arrastradas y punzantes y olor a callejón portuario. Turno para una de las más bonitas canciones en castellano que he escuchado: “La chiflada del paraguas” no puede ser más descriptiva, una búsqueda a través de la poesía y la locura hecha música. Le sucede “Alfileres y estrellas”, con la que no acabo de encontrarme y de nuevo, un mazazo al corazón en forma de “Ana”. Ana quería encontrarse, quería saber lo que era el amor y no el miedo, y al final desaparece de entre nosotros subida a un piano al que no se puede ya cerrar la tapa. Preguntas, recuerdos, ritmos que imprimen ansiedad y aullidos se encuentran en “Éramos tan grandes”, una de mis favoritas. Vinadé toma el relevo de nuevo a De La Rosa en la voz en “Canción para no pensar”, en la que desnudo, con una acústica y una nota sostenida al fondo entra en el corazón para desbarajustar lo que, en algunos casos, seguro que anda ya bastante desordenado” ¿Quiénes más?, queda una más, una punzada llamada “Lo que queda de verdad”. “Todas las canciones hacen daño”, canta De La Rosa en ella, y todas pueden convertirse en infección cuando en su día fueron una medicina compartida, pienso yo. Pero en el caso de “Los amores ridículos” se han pasado. No podría caminar ya sin esta colección de retratos.
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