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“I wanna move. Out of the black, into the blue”, cantaba Lana Del Rey en la última frase de su anterior disco, “Lust For Life”, mientras las gaviotas y el mar sonaban de fondo. Dos veranos después, la neoyorquina regresa con un sólido nuevo trabajo con el que nos invita, tendiendo su mano hacia nosotros desde su barco en la portada, a transitar con ella por sus aguas azul marino.

En “Norman Fucking Rockwell”, Del Rey une fuerzas con Jack Antonoff como productor de las nada menos que 14 canciones que lo componen. Alejándose, más si cabe, de la radiofórmula y acentuando su marca y sonido más personales, Lana demuestra que tiene los pies en la tierra en el disco probablemente más cohesionado de su carrera. Dando mucha importancia a las melodías y a la instrumentación (“Cinnamon Girl”, “Venice Bitch”, “The Greatest”), pero a la vez ofreciendo una manera de componer muy madura y poética que recuerda incuso a Leonard Cohen (“Hope Is A Dangerous Thing”). A pesar de que ya se conocía la mitad del disco, canciones como “California”, “Love Song” o la que da título al disco sorprenden para bien. Otras como “Bartender” o “Next American Record”, en cambio, se quedan algo descafeinadas y bien podrían haber sido descartadas, que nadie las habría echado de menos.

Pero, sobre todas las cosas, si algo hay que destacar acerca de este álbum –y, en general, del proceso creativo de Lana-, es que las cosas que se hacen despacio y con mimo, funcionan. Y no hablamos de perfección, sino precisamente de lo contrario. De esos “fallos” aparentemente nóveles que aparecen de vez en cuando durante el transcurrir del disco pero que aportan frescura y autenticidad. Como, por ejemplo, el crujido de una silla que se cuela en mitad de la grabación, un susurro esporádico mal cortado o el ruido que hace el bolígrafo mientras alguien anota una idea de última hora. Todos estos matices hacen que el público se aleje cada vez más de la imagen desvirtuada de diva perfecta que ella misma solía proyectar, para acercarse poco a poco a la de una artista sabia que no tiene miedo a mostrar sus imperfecciones.

Los haters podrán decir que todas sus canciones suenan igual y que sus narrativas siempre son las mismas, pero los que hemos vivido de cerca su progreso sabemos que no es así. Ya no queda prácticamente nada de esa insegura cantante de los tiempos de “Born To Die”, sino que Lana ha conseguido desnudarse y encontrar la mejor versión de sí misma en el mundo de la música. En tiempos en los que la superficialidad y las modas pasajeras son tendencia, encontrar a un artista que se mantiene fiel a sus principios es una tarea complicada y decepcionante. Sin embargo, con obras como “Norman Fucking Rockwell”, se consigue recuperar algo la esperanza.

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