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Hace cuatro años Jake Bugg acaparó con su debut todos los elogios posibles, su segundo disco con Rick Rubin tras los controles le dio más empaque siempre dentro de unas coordenadas reconocibles, folk descarnado, blues blanco y un rock minimalista pero efectivo. Sonaba más retro y eso en un adolescente sorprendía.

Superado el difícil segundo disco y tras presentarnos “On My One” como single adelanto de su nuevo trabajo, todo parecía seguir su curso. Pero llegó el segundo sencillo y surgieron las dudas, “Gimme The Love” chirría por todos lados dentro de su cancionero, un corte moderno, bailable, más cerca de The Stone Roses que de Bob Dylan. Cuando encaré  el disco me sentí como en una montaña rusa, cuando Jake toma la guitarra acústica el mojo sigue funcionando, “Put On The Fire”, “The Love We’re Hoping For” o “Livin’ Up Country” pero cuando experimenta no hay por donde cogerlo, duele escuchar torpezas como “Ain’t No Rhyme”, un rap lamentable, o “Never Wanna Dance” una balada más digna de Robbie Williams o James Blunt.

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