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Gus Dapperton disco

El músico norteamericano sigue quemando etapas de la mejor forma posible. En tan solo dos años ha logrado dar el salto desde los circuitos de salas neoyorkinas más reducidos hasta convertirse en un peculiar fenómeno juvenil. Echando mano de la estética y el R&B más apegado a lo sensual de los ochenta, Gus Dapperton ha creado una imagen actualizada de crooner veinteañero repleto de vitalidad y ganas de dinamizar sus historias de amor desesperado. La dura prueba que siempre representa el primer elepé, más aún después del buen tipo mostrado en sus dos epés y diversos singles, no le ha pasado factura, sino más bien todo lo contrario.

En esta ocasión ha preferido aparcar en cierta medida el cálido y tímido ambiente Lo-Fi que desprendían sus primeras composiciones para lanzarse a por un lado mucho muy pasional, reflejado en la forma de llegar en ocasiones al corazón de la canción soul más desgarradora. Si a esto le unimos su talento innato para moverse a través las guitarras pop de aspecto más desganado, nos encontramos con una terapia de choque a partir de la cual podemos entender completamente todo el fenómeno creado a su alrededor.

A lo largo del trabajo con vamos a encontrar con un perfecto ejercicio acerca de cómo transitar por estados de ánimo que se mueven entre lo completamente despreocupado y lo compungido. Contrastes que sin embargo resultan bien amortiguados en todo momento a través de juegos de voces doblados y ambientes propios de piano bar, capaces de reflejar el lado más embriagador de sus composiciones. A todo esto tenemos que unirle algún momento donde apuesta por combinarlo todo con la new wave más bizarra y pronunciada como ocurre en “Fill Me Up Anthem”, extendiendo aún más los límites de su paleta estilística.

También resulta más curioso como en sus mayores singles como es el caso de “World Class Cinema”, se atreve con un tono cercano incluso a ese formato de rap ejecutado con buen gusto, que sin ningún tapujo nos puede poner en la cabeza lo que vendría a ser la actualización de la vida urbana mostrada en El Príncipe de Bel Air. Así es como se completa un círculo de influencias que acaban por difuminarse, saltando por encima de esa etiqueta de freak y looser que parecía tener asociada en el momento en el que dio el gran salto a Europa. Todo un afán por exhibir como su terapia musical ha sido más potente de lo que quizás él mismo pensaba.

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