Reseñamos 'Daughter from hell' el esperado trabajo de Gracie Abrams
DiscosGracie Abrams

Reseñamos 'Daughter from hell' el esperado trabajo de Gracie Abrams

6 / 10
Yeray S. Iborra — 22-07-2026
Empresa — Interscope
Género — Pop

Hay artistas que parecen condenados a tener que demostrar algo cada vez que abren la boca. Que si el apellido, que si la mirada atenta de Paul McCartney, que si otra portada de ‘Vogue’, que si una próxima incursión en el cine. A Gracie Abrams le persigue ese ruido desde hace años. "Daughter from Hell" tampoco hará por pacificar su carrera. El mismo título parece querer romper con la imagen de niña buena a golpe de eslogan. La americana insiste en que es una disculpa a sus padres por haber sido una hija difícil. Pero mediáticamente suena a otra cosa. A ese viejo relato de estrella juvenil que necesita convencernos de que también sabe ser problemática. Demasiada leña para los detractores.

Musicalmente, el movimiento se queda a medias. "The Secret of Us" (24) fue, en realidad, una puesta de largo, el álbum que la convirtió en fenómeno. Pero ese ‘momentum’ ya pasó y la reválida "Daughter from Hell", menos urgente, más cohesionada, una escritura aparentemente más desnuda, acaba confundiendo profundidad con contención. Todo gira alrededor de la ansiedad psicológica, de heridas, hemorragias, cicatrices. Un imaginario que se repite tanto que termina anestesiando. El álbum quiere elevar el contenido reduciendo el continente. Y la poda deja demasiado expuesto el tronco.

No ayuda que Aaron Dessner lo envuelva todo con esa americana melancólica que tan bien conoce. Es imposible no escuchar ecos a Taylor Swift y, todavía más, a Bon Iver. Las texturas son prácticamente las mismas que el productor lleva años explorando junto a Justin Vernon. Y ahí aparece una duda incómoda: ¿hasta qué punto Gracie tiene espacio para explorar una voz menos trillada? El paisaje sonoro amenaza constantemente con engullirla. ¡Menos concepto y más pellizco, por Dios!

Cuando se permite salir de ese marco, el disco respira. Ahí están “Hit the Wall”, seguramente lo mejor del conjunto, mucho más cruda y directa, o “Minibar”, carta de presentación en televisión con Jimmy Fallon que reivindica a una ‘songwriter’ capaz de sostener una canción casi sin artificios. Son destellos de una compositora que todavía parece más interesante cuando mira hacia fuera que cuando vuelve a encerrarse en sí misma. No hay que culparla, ése es un mal contemporáneo: las grandes estrellas escriben sobre su ombligo esperando que el mundo se vea reflejado en él, cuando quizá el camino debería ser justo el contrario.

Visto con perspectiva, sería injusto exigirle mucha más revolución. Parte de la meca de las industrias. Y tiene 26 años. No es una ‘gamechanger’. Lo que sí parece es una artista en transición. Más imaginativa que hace dos años, sí. También más aburrida. Mejor emocionar con el enésimo alegato al amor romántico que intentar demostrar lo sofisticada que puede llegar a ser con arreglos acústicos. Porque Abrams tiene una virtud enorme: lo pone fácil. Su debut, casi sin querer, ha sido uno de los álbumes que más he escuchado —yo y tantísimos— en los últimos años. ‘Easy listening’ en el mejor sentido. Este, en cambio, no aguanta igual de bien una escucha consciente; quizá ahí resida la paradoja. En una época donde casi toda la música se consume mientras hacemos otra cosa, puede que un disco pensado para quedarse en segundo plano tenga más futuro del que parece.

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