El grupo de Talavera de la Reina, Emilia, Pardo y Bazán (Sergio Sanguino, Paula García, Ada Martínez, Pepe Sánchez y, ahora redondeando la formación como quinteto, Carmen Giménez) vuelven a la carga más afilados que nunca, con ese lirismo fresco, crudo e irónico marca de la casa que nos conquistó intacto y su cóctel molotov de melodías y distorsiones en llamas bien agitado, preparado para arrojárnoslo al pecho en cada una de las diez piezas de su tercer largo, “Qué ha sido de los planes que hicimos anoche cuando estábamos borrachos”.
Quizás estemos ante su conjunto de canciones más redondo hasta la fecha, con un título que subraya su marcado carácter cinematográfico, frase que pronuncia Gary Oldman en “Parthenope” de Paolo Sorrentino y, una pregunta que, en más de una mañana de resaca, puede que te haya perseguido.
Y es que, aunque aquel verso de Neruda les corra por sus venas, “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”, ese amargor luminoso que siempre fluye en sus canciones parece intensificarse y unificar las pistas en una suerte de pulso a veinticuatro latidos por segundo, agrupando la tormenta eléctrica de emociones y las partes fragmentadas de una misma historia o de muchas que se entrecruzan en lo esencial. Así, con Guille Mostaza a la producción, despliegan y montan vivencias y fantasías pasadas con aroma a treinta y cinco milímetros, fotogramas concatenados por la magia de aquel verano del amor a quemarropa que dejó una herida de bala con orificio de entrada, pero no de salida.
Los surcos echan a andar, se hace la oscuridad y el cañón de luz del Cine Doré particular de cada uno, nos marca un baile hacia atrás y hacia delante, un “Back to the Future” made in Emilia, Pardo y Bazán; entre “sueños con serpientes y besos a mucha gente” para borrar, sin éxito, fantasmas sentimentales, en versión original y subtitulada, con “recuerdos que se nos van metiendo en los ojos” y una frase que, por mucho que nos frotamos e intentamos borrarla, cuesta quitársela de la piel: “no sé ser yo, sin ser nosotros”. Esa melancolía sonora resplandeciente que araña y sana al mismo tiempo, nos lleva a ese verano del que nunca salimos del todo (y al que ansiamos volver), sin postales de “San Juan” y en aquella “piscina en la que nos bañamos y ahora llueve…”, pasando por el pop cañí “Probé el caballo” o por aquella semana en la que estuvimos “desnudos en el río” de “La Vera” que cierra la cara A. Y es que, “Qué pena”, todo lo que fue y dejó de ser, pero que sigue relampagueando en el lado izquierdo del pecho, bajo una tormenta rítmica y de distorsiones que no cesa, “I Wanna Be Your Dog” propio incluido: “Tírame un hueso y yo te tiro el corazón”.
Queda tiempo para “pedir (Pido) perdón”, aunque sea siempre insuficiente e irónico, con regusto al Nacho Vegas más juguetón y amargo (omnipresente la estela del asturiano en la banda), y para sacudirnos el salitre por momentos, pero no la pena, en “Acto de vanidad”, ya que “no hay nada más triste que una Navidad sin ti”. Y, justo cuando se acerca el final de los finales, antes de que el The End aparezca en pantalla, con brisa sentimental italiana, un último canto luminoso al desencanto, “Guernica y mariposas” en busca de sanación y salida, “igual que lo hiciste tú”. Y es que, haya salida o no, salga bien o peor que la vez anterior, como aquellos maravillosos versos de “Droga cara” que canta Rocío Márquez: “Perderme, voy a perderme / —lo sé yo y lo sabes tú— / que soy de esas mariposas / que se abrasan a la luz”. Con Emilia, Pardo y Bazán, mariposas o polillas, seguiremos abrasándonos en aquel verano que no volverá y en todos los siguientes.
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