Apache Bereber
DiscosCristian De Moret

Apache Bereber

8 / 10
David Pérez Marín — 21-05-2026
Empresa — Altafonte
Género — Flamenco Fusión

El flamenco mutante más rockero del último lustro, Cristian de Moret, vuelve a levantar el vuelo desde su Doñana (foto de portada) y trae su tercera entrega bajo las alas, “Apache Bereber”, once canciones rebosantes de matices, garra y contemporaneidad espacial, afinando las armas que ya nos mostró en su dos anteriores y sobresalientes trabajos, “Supernova” (21) y “Caballo Rojo” (23).

Así, comienza a alzarse sobre las marismas a ritmo de “Yo quiero tu calor”, hechizo por tangos enamorados, electrónicos y de raíces arabescas, para seguir recorriendo “el caminito largo del querer al no querer” con la rumba titular, “Apache Bereber”, acelerando las pulsaciones y haciendo que la luna gire, resplandeciente y sudorosa, como una bola de espejos futurista en la oscuridad de un club techno, con parpadeos caribeños de ida y vuelta por momentos. Todo con ese latido hermano que nos une, el rico mestizaje que nos corre por la sangre y que denuncia la cruel represión a los migrantes, ayer, hoy y mañana.

La fiesta flamenca sigue su impuro viaje por encrucijadas sonoras que desprenden aromas y colores mil, primero con una bellísima “Malagueña Soul” que es mágica brisa sanadora al atardecer, y luego con la primera colaboración en una “Stone Fandango” como primera gran cima del disco, junto a la también onubense Rocío Márquez, cortándonos la respiración y rozando el milagro, fundiendo quejíos y sensibilidades en un dúo interpretativo al alcance de pocos.

Festín de compás cargado de ritmos africanos en “La flor del almendro”, y dos homenajes a dos grandes entre los grandes: desde el Barrio de San Miguel, también por bulerías, pero esta vez solo a palmas, guitarra (Juanito Campos) y cante, a la Paquera de Jerez; y justo antes, al eterno Ronco del Albaicín, con una desgarradora y emocionante seguiriya que eriza hasta las campanas de la Torre de la Vela, con minimalistas texturas electrónicas y suaves teclados lisérgicos, “Gloria a Enrique Morente”.

Continúa fusionando palos y géneros, desplegando esa lágrima de fuego que tiene en la garganta (uno de los quejíos más naturales del flamenco actual y posiblemente la voz más “camaroniana” desde Duquende) por soleares, ya sea haciendo de nuevo equipo con el Jimi Hendrix gitano, Raimundo Amador, en los más de diez minutos majestuosos y bluseros de “Soleá de La Habana”, o en la previa “Dark Soleá”, uno de los temas más rompedores del lote. Oscuridad en la que relampaguea su guitarra eléctrica y el compás de palmas y psicodelia a las teclas, abriendo el cielo en dos, con coros atmosféricos y una batería que te hace levitar, con Cristian cincelando cada verso y siendo la voz de una generación que sufre la ansiedad por la falta de trabajo y vivienda desde hace demasiado tiempo.

Recta final con el tema más pop del disco, “Vampiros de la memoria”, una balada rock con cierto regusto a Lana del Rey y Triana, “dedicada” a todas esas personas que, en vez de vivir sus propias vidas, se aprovechan de las emociones y energías de los demás. Para terminar, abrazando el ahora de la noche, de camino a la aurora en una rave del desierto con la Niña de los Peines: “Quisiera yo renegar / de este mundo por entero. / Volver de nuevo a habitar, / mare de mi corazón, / por ver si en un mundo nuevo / encontraba más verdad”. Una personalísima “Electro Petenera” jonda y bailable a partes iguales.

 

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