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Lo mejor que se puede decir de Alejandro Díez a estas alturas es que haya conseguido, con el paso de los años, demarcarse de cualquier limitación que podría haberle caído por la adscripción que durante tanto tiempo mantuvo hacia unas hechuras tan codificadas como eran las vestiduras mod de Los Flechazos, sin por ello renunciar a sus señas de identidad. Quizá ello estreche su acceso a actuales círculos foráneos adeptos a aquella estética, como él mismo reconoce, pero tal objeción no deja de ser una nimiedad si uno atiende a la consolidación de un discurso que sólo entiende de estribillos radiantes, armonías canónicas y un oficio que no se aprende en ninguna escuela, y que ya rara vez llega a empalagar. Así pues, y como dicen los anglosajones, la mejor noticia en su caso es la ausencia de noticias: el continuismo de su fórmula se concreta (como no podía ser menos ya que gran parte de su material procede de recientes Ep’s) en la irresistible adherencia de “Hyde Park”, los quiebros melódicos tan de la estirpe de Teenage Fanclub de “La edad de la inocencia” o la vitalista revisión de los Nacha Pop de “El sueño”, puntos álgidos de un “Aeropuerto” tan transitable como previsiblemente acogedor.

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