La más importante carta de presentación de estos texanos es que formaron parte de los famosos Emo Diaries, pero poco más. En este álbum de debut despistan por adoptar algo de imaginería siniestra (esas estatuas de ángeles) y ponerse estupendos a base de intentar darle al misticismo épico.
Sus textos se sumen en el desamor, la duda y la desesperación, lo cual está muy bien, pero naufragan desde el momento en que no suenan para nada a eso. Las estructuras, aún intentando innovar, se vuelven lineales y algo tediosas, mientras que la voz de Justin Wilson nunca termina de transmitir la tensión que parece sugerir. Con la única excepción de “Heath”, el tono pusilánime y victimista de la banda no suena sincero en ningún momento, sino que parece quedarse en una simple coartada estilística: la explotación de la estética de la rabia sin que ésta termine de romper. Emo sin emoción.
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