Sin duda, que la vanguardia haya entrado en la ecuación de la tradición ha traído consigo milagros particulares como el hecho de que la música de raíz se haya vuelto más digerible y exportable que nunca. Nos hemos acostumbrado tanto, sin embargo, a verla reinterpretada y diluida en modernidad que en ocasiones se nos olvida su belleza primigenia y su verdadera razón de ser. A Anna Ferrer, por su parte, está claro que no.
La menorquina no necesita justificarse ni echar mano de innovaciones para traernos con “PA” (26) un capítulo más de su cruzada personal a favor de la cultura que la parió. En su cuarto largo la artista lleva un paso más allá el sino de esta obsesión realizando una sentida elegía al oficio familiar y haciendo de la panadería de sus padres la protagonista total de estos trece nuevos cortes.
Ferrer pertenece a esa generación que ha heredado una libertad desconocida para sus antepasados, con caminos frente a ella que hace apenas unas décadas ni siquiera existían o eran simplemente intransitables. Tras años de entrega a la música y a las puertas de sus treinta, la cantante se dio cuenta de que su carrera se encontraba en un punto de no retorno y que la decisión de no continuar con el linaje profesional de los suyos le marcaría para siempre.
Tal vez por ello este cancionero sea, al menos a nivel simbólico, el más importante al que Ferrer se haya enfrentado jamás. También es de los más cuidados en cuanto a detalle y mimo, sin el más mínimo matiz dejado al azar. Más que como un simple apósito decorativo y acompañando su verbo cálido y telúrico, podemos encontrar en el disco reminiscencias sonoras a ese despacho de pan donde comenzó todo, desde utensilios propios para dicha labor hasta el ruido envolvente de la maquinaria industrial (“Mescladora II”), los ritmos generados por el tacto con la masa (“Son”), los repiqueteos típicos del hacer cotidiano (“Yeri Yeri”) o incluso el testimonio vivo y directo de su gente (“Iaia”).
Todo ello inteligentemente heñido a pachas con Álex Hernández sobre el ADN de un libreto dulce que celebra tanto como llora y que encuentra en su austeridad estructural (cuerdas, coros y palmas) el clamor de su patrimonio. El pan es presentado, pues, como excusa crucial para hablar de muchas otras cosas (“Todas las masas piden descanso para poderse despertar”), para inventariar las palabras con cierto deje lúdico (“Los panes los hijos”) y para honrar la iconografía fundacional del nosotros (“Dame el grano y el molino y ponte conmigo al lado”, canta en “Son tus manos las primeras”, rajando la lírica con voz arabizante y riffs de guitarra asceta).
Por supuesto, Anna Ferrer no es la primera artista en componer con el corazón puesto en este alimento primordial –el imaginario del folk anglosajón está lleno de ejemplos en los que sembrar, cosechar o directamente hacer pan funcionan como imágenes de continuidad, cooperación y arraigo; pero rara vez el símbolo había estado tan cerca de la piel y de la sangre como en “PA”. Lejos de nacer de una memoria prestada o de una proclama de postín, el trabajo de Ferrer aquí destila una franqueza desarmante, poniendo en su lugar la herencia y trasladando al lenguaje musical ese arrojo colectivo que palpita en el ferviente interior de un obrador. La última hornada de una historia y la primera de otra.
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