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El señor Lemmy Kilmister cumple 68 tacos este mes de diciembre. “Aftershock” es el vigésimo primer álbum de la incombustible banda británica. Y la poderosa “Heartbreaker”, que condensa todas sus incendiarias virtudes, muestra a las claras que el trío no se ha movido un milímetro de sus coordenadas y está en forma. Esto es lo de siempre. Rock sucio, espídico, visceral -algunos dicen que con un toque punk-, hecho por tres macarras que no están aquí para tonterías. Cierto que en “Lost Woman Blues” Lemmy se marca eso, un blues de desamor -aunque no es Gary Moore, precisamente-, que en la curiosa “Dust and Glass” suenan ecos progresivos, y que en “Keep Your Powder Dry” se disfrazan de AC/DC, pero misiles como “End of Time”, una especie de “Overkill” parte dos, o la rabiosa “Queen of the Damned” -¡ese riff de bajo!-, te dejan noqueado. Las melodías de Lemmy con su inconfundible voz cascada son las mismas y su bajo Rickenbacker escupe similares notas saturadas desde hace 38 años. ¿Y qué? Motörhead son un género en sí mismo por encima de modas efímeras y experimentos con gaseosa. Cuando falten, les echaremos mucho de menos, así que, señor Kilmister, repóngase de sus recientes achaques y, por favor, cumpla muchos más y dedíquese a lo suyo.

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