Si no me fallan las cuentas, era la tercera vez que Wolf Alice visitaban Madrid en apenas diez meses, tras llevarse todo por delante en una vibrante actuación en La Riviera, y convencer igualmente durante la tercera jornada del Mad Cool. Regresaban con el lustre del Mercury Prize otorgado a su destacable Visions of a Life (Dirty Hit, 2017). Un premio de prestigio en el mercado británico que reconoce los méritos de un cuarteto que parece tenerlo todo para consagrarse con su combinación de imagen potente, fiereza eléctrica versátil y canciones que casan espíritu indie y accesibilidad. Por el gran ambiente que había en la sala, queda claro que ya se han ganado una parroquia muy sólida.

Así que volvían con el aliciente de las distancias cortas, donde se puede brillar más, si se puede decir esto de un grupo que ha demostrado su eficacia en escenarios de gran tamaño. La paradoja -y he aquí el misterio del directo y todos los factores que lo determinan: el sonido, la actitud, el momento, la receptividad del oyente- es que, con todo a favor, la intensidad que me había ganado en otras ocasiones asomó con cuentagotas. Es un hecho contrastado que el elogio desmedido debilita. O quizá es, simplemente, que dejarse ver con esta frecuencia no contribuye al misterio que, incluso en la era de las redes sociales, debe cultivar cualquier banda en la medida de sus posibilidades. Si el cuarteto destila con habilidad influencias del rock alternativo (principalmente, de los noventa) con melodías para todos los públicos, esta vez prevaleció su faceta más convencional y cierta sensación de piloto automático. Ni siquiera la trepidante descarga punk-riot-grrrl de Yuk Foo despegó del todo.

Y eso que Rowsell, muy consciente de su magnetismo, se dio un baño literal de masas, había estado haciendo equilibrios delante del entregado público, con el apoyo de un roadie, hasta que en el último momento, se dejó llevar. Hubo dedicatoria de un tema a Hinds, entre los habituales comentarios simpáticos del bajista Theo Ellis, y la vocalista aupó al escenario a una niña que recordará el momento toda su vida. Anécdotas que, no obstante y pese a la entrega del heterogéneo público desde el primer segundo, no acabaron de encender su actuación al nivel de otras veces, por mucho que el agradecido respetable les arropara al máximo. ¿Cansancio, quizá, o problema mío?

La banda estuvo en su sitio, aunque las guitarras mandaron menos, exceptuando los habituales pasajes instrumentales de energía shoegaze en los que se sueltan. Como acostumbra, Rowsell pasó sin casi despeinarse de la ternura evocadora de Elizabeth Fraser o Harriet Wheeler a los alaridos de Kathleen Hanna o Courtney Love, mientras a su derecha, el guitarrista Joff Oddie centrifugaba su sonido más allá de lo aconsejable, y bajista y batería cumplían con lo suyo. Al final, el riff poderoso de Visions of a Lifey Fluffy precedieron al bis de rigor.

Tras hora y cuarto de reloj, me queda la sensación de haber asistido a un show tan sólido y efectivo como falto de esa magia reservada a los grandes. Quizá son cosas mías, pero si se quiere jugar en esa liga, hay que poner algo más: son las reglas del juego.