Durante la celebración de un gol de la selección mexicana en un partido contra Alemania en el Mundial que estamos viviendo este verano, los detectores sísmicos en Ciudad de México registraron un terremoto artificial generado por los “saltos masivos” y la euforia desatada entre la hinchada tricolor. Estoy convencido de que si consultásemos los sismógrafos de Madrid durante la pasada verbena de San Juan detectaríamos alteraciones a las 22’15 y posiblemente un amago de terremoto otra vez a las 00,30 de esa misma noche, coincidiendo con las ovaciones de bienvenida y despedida con las que 38.000 personas (repitan esta cifra pensando en su dimensión real: 38.000 personas) abrieron y cerraron la presentación del último disco de Vetusta Morla (“Mismo Sitio, Distinto Lugar”) en la gigantesca explanada de La Caja Mágica: casi dos horas y media de concierto en las que los madrileños dinamitaron con un fuerte golpe sobre la mesa esa estúpida expresión cristiana según la cual “nadie es profeta en su tierra”. Profetas no se si serán, pero lo cierto es que lo que Vetusta Morla ofrecieron a su público la otra noche va mucho más allá de lo que estamos acostumbrados a ver en directo en este país, por muchos motivos.

Todo funcionó a la perfección en una velada redonda que seguro marcará un antes y un después en la carrera de la banda: funcionaron los temas nuevos (espectaculares “La Vieja Escuela” con el escenario convertido en constelaciones; “Mismo sitio, Distinto lugar” como arranque de concierto o una enorme “Consejo de sabios” abriendo los bises), funcionaron las bajadas de ritmo e intensidad de “23 de Junio” o “Al respirar” y funcionaron los viajes al pasado con “Copenhage”, “Sálvese quien pueda” o “Valiente”. Funcionaron los momentos de catarsis colectiva con Pucho bailando como poseído entre la gente durante “Mapas”, por ejemplo, o una muy coreada “La deriva” (dedicada para la ocasión a las personas que se ven forzadas a huir de sus tierras por conflictos terribles y que no son recibidas en nuestra Europa con la humanidad que merecen). Funcionó la rabia de “Golpe maestro”, el histrionismo de “Te lo digo a ti” y funcionó la épica de “Los días raros” como espectacular punto y final a la velada.

Pero más allá de todo eso, más allá del impresionante montaje audiovisual y escénico, la calidad del sonido (impecable) y más allá de la intachable ejecución (la banda está en estado de gracia, y se nota), lo realmente importante del concierto, en mi humilde opinión, fue la curiosa sensación de estar presenciando un acto de justicia mediante la respuesta del público allí congregado; un reconocimiento general al trabajo bien hecho, un respeto unánime por la honestidad y la profesionalidad y una muestra de cariño más que merecido por parte de 38.000 personas a una banda que, tras casi veinte años de carrera necesitan de la infraestructura y la logística de un festival para presentar un disco en su ciudad, y todo eso haciendo bandera de la normalidad y del trabajo en equipo. Esos seis tipos se han convertido en una banda enorme, y lo han conseguido por méritos propios: ante eso lo único que uno puede hacer es quitarse el sombrero y desearles lo mejor, porque se lo merecen.