Si te da la sensación de que desde 2020 Internet es un lugar peor, las cosas que te apasionan ya no tienen sentido y te descubres a ti mismo bebiendo vino blanco de espaldas a la puerta de la cocina cuando menos te lo esperas, siento decirte que no es solo una impresión particular tuya, sino una verdad empírica: el mundo está podrido y huele a quemado. Por suerte, todavía quedan películas capaces de reciclar el tenebrismo post-pandémico hasta convertirlo en historias afables que nos prometen un paradigma (un poco) mejor.
Como si de un clavo ardiendo al que agarrarse se tratara, “Pizza Movies” nos ilumina con su inusitado optimismo y sencillez humana para tiempos aciagos y descreídos. Los encargados de hacerlo posible son Thais (Judit Martín) y Alan (Berto Romero), una pareja de enamorados que resiste contra viento y marea, a pesar de que su particular centro de gravedad amenace con desmoronarse. Ella, periodista cultural, harta de la precariedad del sector y de su desasosegante evolución, decide cambiar la crítica y los pases de prensa por la masa y el pepperoni. Él, publicista desgastado por la monotonía inane de su profesión, le ayudará a montar su soñada pizzería con más ilusión que recursos. Una idea peregrina y a todas luces desorbitada con la que, sin embargo, muchos espectadores se sentirán identificados después de que el COVID nos contagiase también esa irrefrenable pulsión colectiva por reinventarnos. Todo ello, además, en un escenario tan de comedia romántica convencional y feel-good movie (especialmente, durante su primer acto, bajo el montaje experto de Jaume Martí y Ove Hermida) que puede parecernos completamente fuera de lugar dentro del imaginario de un cineasta que, en el pasado, nos ha llevado de la mano por los mockumentaries sociológicos más extremos de nuestro audiovisual (me sirve citar tanto “Mi Loco Erasmus” como “Taller Capuchoc”, “Algo muy gordo” o “Vosotros sois mi película”). Claro que a poco que conozcamos el universo narrativo de Carlo Padial entenderemos que “Pizza Movies” rima deliberadamente con esa prolongada difusión de tesis sobre el devenir de la cultura y el estado crítico de la misma que llevamos años escuchándole al director en podcast (“Media Offline”) o leyéndole en ensayos (el más reciente, “Contenido”).
El cariz análogo entre la trama y sus responsables, por tanto, no solo lo notamos en el hecho de que el treinta y tres por ciento de su guion esté firmado precisamente por una crítica cinematográfica, nuestra admirada Desirée de Fez, reciente debutante en la ficción literaria con “No la dejes sola”, y que, sin duda, vuelca sobre Thais sus demonios laborales más íntimos; sino también por la manera en la que, poco a poco, el film se va retorciendo sobre sí mismo hasta llevarnos, definitivamente, a un universo más roto, más histriónico y más Padial: Miguel Noguera en el papel de un villano legal y defensor acérrimo de la propiedad intelectual frente a esa suerte de Lionel Hutz ibérico que nos regala Jordi Soriano; Loli Martín como jueza desnortada; Javier Botet dando vida a un pizzaiolo esquizoide; Josep Seguí dividiendo su cuota entre reclamos sobre la autoría de los cuadros de Dalí y maltratos físicos a su cuidador; y un malogrado Didac Alcaraz, al que todos le hubiésemos deseado un mayor recorrido en la película.
Es esta suma de factores (la inefable ternura de su dupla protagonista, orquestada a golpe de pura química mutua, y esa deliciosa constelación de cameos desquiciados) la que nos lleva, efectivamente, a corroborar que, tal y como versa su poster promocional, estamos ante “algo revolucionario”. El amor (entre dos adultos en prácticas) como último bastión y refugio contra el cinismo circundante.

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