Había ganas de ver a Erlend Øye haciendo de las suyas alejado de sus King of Convenience y tirando de la pista de baile orgánica. Sólo hacía falta echar un vistazo al abarrotamiento que la sala presentó, la cual provocó que fuera casi una misión imposible encontrar un mísero metro cuadrado en el que zapatillear como la ocasión se merecía. Sus dos álbumes hasta la fecha se recrean en un sonido comedido para el baile tirando tanto del funk y el house humanizado como de los justos (y necesarios) destellos de la era disco. Uno tenía serias dudas acerca del planteamiento con el que la banda se presentaría sobre las tablas, pero ciertamente la sorpresa fue mayúscula al conseguir un sonido frenéticamente controlado que hizo las delicias del respetable. Buena parte de culpa la tiene Daniel Nentwig, cuyo protagonismo frente a sus sintes y su piano Rhodes cobra una dimensión mucho más efectiva que en el estudio. No se echó en falta nada: desde la apertura de “Keep a secret” hasta el broche final de “Burning” Erlend fue vitoreado en cada momento como si de un ídolo de masas se tratara. Emulando las andanzas de LCD Soundsystem, rozando la recta final del concierto (en el que rescataron un himno poligonero como “Show me love”) aquello se asemejaba más a una jam session (donde la improvisación estaba más que premeditada) que un concierto al uso. La premisa del menos es más, cobró una nueva dimensión. Aunque lo realmente fascinante fue comprobar cómo un nerd de la talla de Erlend es capaz con una simple guitarra de agitar a una audiencia ávida de sudar hasta la extenuación.