Por unos momentos pensé que el estupendo trabajo instrumental de El Ten Eleven -como si a New Order le diera por el post y el math rock- les iba a robar protagonismo a los australianos. Iluso de mí. En un día normal, The Drones son un grupazo de rock. En uno bueno, de los mejores que uno puede ver sobre un escenario. Punto. Ellos lo saben. Da igual que el batería Mike Noga haya desertado de la causa (fue el telonero de Low en la reciente gira europea). Es salir Gareth Liddiard y los suyos y desatarse una tormenta eléctrica de asfixiante blues punk, una maquinaria de precisión en la que el poseído Liddiard lleva la voz cantante con su intensidad arrebatadora, declamando sus letanías con los ojos en el más allá y arrancando gemidos insospechados a su Jaguar.

El poder catártico del blues desatado, unos Birthday Party de vuelta del más allá, qué sé yo. Rock cavernario, agreste y esencial, no del delta, sino del desierto. Desierto físico y emocional. Sin concesiones ni niñerías. Música para adultos. Sal sobre las heridas. Los australianos se inmolaron en la artillería pesada de su repertorio y “Shark Fin Blues”, “The Minotaur” o “Baby” sonaron como un trueno, sacando todo el partido al “sonidazo” de la sala y propinando una tunda casi física a los asistentes, que no daban crédito: “¿Cómo es posible?”, se preguntaban tras el bis. Es el poder intacto del rock, o mejor dicho, del blues. El de verdad.