Alguien debió olvidarse de ofrendar huevos a Santa Clara cuando decidió programar el concierto de Soleá Morente en la azotea del Convent Garden. Donosti + Septiembre + intemperie no suele ser una ecuación segura, así que ante la previsión de fuertes precipitaciones la actuación se trasladó a La Cripta, espacio cubierto en mismo recinto.

Hacía pocos meses que Soleá visitaba la ciudad tocando en la sala Dabadaba con una banda completa pero, en esta ocasión, se presentaba acompañada únicamente por un enorme Eduardo Espín Pacheco a las guitarras española y eléctrica. El formato tan reducido es todo un handicap en una artista cuyos trabajos se mueven en un abanico de influencias que van desde el flamenco (obviamente), hasta el pop de los setenta; pasando por sonidos experimentales y los guiños estilísticos a Camela. Spoiler: sale bien.

Soleá Morente sigue trabajando algunas de las vetas que abriera su padre, el cantaor Enrique Morente. Esa manera de arrimarse a todos los estilos con una mano agarrada al flamenco con más o menos firmeza, según le apetezca en cada momento, modelando perfectamente la tensión entre sus temas más suntuosos y los más hedonistas, entre el cante y el pop. También era muy de su padre eso de rodearse de artistas tan amigos como talentosos para expandir las fronteras y hacerlas permeables y vibrantes.

Apareció sobre el escenario y lo inundó todo con su presencia mientras Espín Pacheco, a la guitarra eléctrica, abría con “La Alondra” y, con esos pocos elementos, ésta y el resto de las composiciones parecieron haber sido siempre así: desnudas y directas, alejadas de la maravillosa producción que las envuelve en estudio pero manteniendo su esencia. Como ocurrió con “Ya Solo Te Veo A Ti”, que mantuvo las maneras de funk setentero en el que asoma Jeanette (e incluso Baccara) a pesar del peso que ganaron los arreglos flamencos para la ocasión. A continuación, cambio de guitarra eléctrica por la española para interpretar seguidas dos versiones del gigantesco Paco Ibáñez: “Tus Ojos Me Recuerdan” y “Quisiera Esta Tarde”. Con la primera de ellas “despidió el verano” Soleá desde el escenario y, con la segunda, nos ahogó de melancolía estirando la emoción hasta un maravilloso final a cappella. En formato acústico “Nochecita Sanjuanera”, con ese fraseo tan de Los Planetas, ganó en picardía y el verso final adaptado “te quiero Donosti conmigo” nos sacó la sonrisa tontorrona que te sacan los piropos cuando te los dedica la persona que te hace tilín. Una granaína canónica nos puso los pelos como alcayatas antes de interpretar dos temas nuevos: la rabiosa “Lo Que Te Falta” (de La Bien Querida) y “No Puedo Dormir”, en la que aborda el desamor con ese humor e ironía tan marca de la casa. Enseguida se arrancó solemne con unos tientos capaces de sobrevivir a un público incapaz de dar dos palmas seguidas al unísono. La pobre nos miraba como una madre mirando al hijo que le acaba de regala un collar de macarrones.

Recordó agradecida a Napoleón Solo —con quien ha gestado el disco completo —, antes de tocar seguidas las tres apologías del jolgorio que son “Ole Lorelei”, “Tonto” y “Baila conmigo”; estas dos últimas con las bases electrónicas pregrabadas sonando sobre la guitarra, la voz y el sandungueo general.

Abandonaron la escena para regresar al rato con dos bises fuera del setlist y muy extrañados de que el respetable reclamara con tanta efusividad el tema de su padre “Este Vals”. Alguien de las primeras filas les apuntó que lo que gritaban en realidad era “Beste bat” (“Otra” en euskera). Superado el vodevil idiomático, la cosa se puso seria y Soleá se bajó del escenario para bordar entre el público “La Estrella”, tema que interpretara junto a Los Evangelistas en el disco homenaje a Enrique Morente, autor original de la canción. Como broche final volvió a sonar Paco Ibáñez en “Palabras para Julia”. Un poema, que es una bienvenida al mundo, para decirnos adiós y que nos suene a “hasta pronto”. Ojalá.