En el inicio de los 90 teníamos un cajón de casetes con un esparadrapo sobre el que escribimos ‘shoegaze’. En los cantos de plástico de esas cintas pintamos con rotulador nombres de héroes británicos: Lush, Ride, My Bloody Valentine y, por supuesto, Slowdive. Muchas veces más por estética y cercanía que por sonidos comunes estas bandas ardieron en la misma lumbre, un fuego que había avivado The Cure con Disintegration. Fue una nueva escena melancólica pero vibrante en Albión, en la que Slowdive tallaron una carrera tan memorable como efímera.

Casi 20 años después de su despedida volvieron a los escenarios en el Primavera Sound de 2014. Remataron su regreso en 2017 con un disco homónimo que, entre la mediocridad que vivimos, se levanta como un tótem. Un trabajo que iba a ser presentado en directo en el festival MadCool de 2017, pero tras el fallecimiento en esa edición del acróbata Pedro Aunión, Slowdive fueron la única banda que decidió no salir al escenario ante el alcance de la tragedia.

Con este precedente en el recuerdo, y con una sala Joy abarrotada de personas que en gran porcentaje también habían vivido el infortunio, salieron Slowdive a escena. Una atmósfera de aguamarinas inundó la sala y nos cogimos de la mano, como apoyados en alguien mayor para darnos el primer baño en el mar. “Niño mójate la nuca que te va a dar impresión el agua”, y de cabeza nos metimos el chapuzón.

El comienzo del concierto fue un encuentro entre lo más nuevo, Slomo, y lo más antiguo, Slowdive. Dos canciones separadas por casi 30 años que muestran la capacidad de homogeneizar sensaciones, sobre todo por la forma de entonar de Neil Halstead y Rachel Goswell. Esa conversación que mantienen en el escenario te mete de lleno en la atmósfera. Lo tenían fácil porque la gran mayoría de los presentes llevaban tres décadas trotando por esos paisajes. Tanto, que miré a mi amigo Jorge entre el público y le vi mucho más joven, era ese niño de los 90 que andaba entre la nieve con su walkman de cascos de esponjillas naranjas.

El setlist fue bailando con el mismo porte entre cortes de todos sus álbumes, destacando sobre todo el paso marcial Joy Division de Crazy For You o Star Roving, e incluso momentos por los que Explosions In The Sky deberían pagar derechos, como Avalyn. Con Catch The Breeze vimos al Simon Gallup de Faith, en No Longer Making Time nos metimos dentro de la bola de espejos y, para cuando lanzaron Souvlaki Space Station, mi colega Guille se había vuelto a una de las sesiones de la sala Dark Hole. Así de bien.

Hubo mucha emoción pero no terminaron de desatarnos. Aunque Neil tiene pedaleras a sus pies como para alicatar un cohete nunca perdieron Slowdive la compostura: cortes como When The Sun Hits te los has imaginado con volumen atronador, ruido blanco en el cerebro y la banda desbarrando hacia todo tipo de experimentos. Pero no, a lo largo del concierto se impuso la compostura. Incluso hubo un punto de complacencia al izar su bandera, Alison.

El directo lo remataron chupando la pirula de Sugar For The Pill, una nueva canción que es en el pop de esta década una especia melange, un ácido que miles de jóvenes bandas no se han chutado ni de cerca. Slowdive se fueron al camerino tiñendo de rojo el lacrimal con Golden Hair, una llave para abrir el cuarto de Syd Barret y encontrar en un cajón el germen del post-rock. Los bises los remataron entre la calma de Dagger y la tormenta de 40 Days.

No corrió la sangre y no sufrieron riesgos, pero fue un concierto impoluto y sobre todo cargado de emoción. Slowdive tocan con la cabeza agachada pero viendo el cielo bajo sus pies: bajan la mirada con la seguridad de quien sabe que no se le va a caer la corona. Gracias, majestades.