Aunque la inquietud siempre haya existido y empezase tiempo atrás con, entre otros ejemplos, la predilección de Los Planetas por el género y la unión de Lagartija Nick y Morente en el mítico “Omega” (El Europeo Música, 96), ahora son artistas como Rosalía o Niño de Elche quienes acercan formas inéditas de flamenco a nuevos aficionados. Un logro que tiene su base en la fusión desprejuiciada con otros estilos, y cristaliza en una nutritiva actualización de cualidades que, por supuesto, no cuenta con la aprobación de los puristas, regodeados en su sedentaria y rancia posición conservadora. Por eso, la decisión del Teatro Principal de Zamora de incluir a Rosalía & Raül Refree dentro del “Ciclo de Flamenco” anual resultaba tan valiente (y valiosa), apostando por la evolución imparable y siempre necesaria de cualquier manifestación del arte. La cita presentaba además inmejorables perspectivas, ubicada al amparo de este pequeño teatro del centro de la ciudad, tan maravillosamente decadente como encantador.

El dúo presentaba su alabado debut conjunto, “Los Ángeles” (Universal, 17), y la extraña química surgida en el estudio entre esas personalidades creativas (a priori) alejadas entre sí, resultó potenciada sobre el escenario. Ella es una artista de marcadísima personalidad, poseedora de multitud de recursos y tonos interpretativos que, sin embargo, puede resultar más visceral que estrictamente virtuosa. De ese modo (y desde el estómago) es capaz de trasmitir unos sentimientos que comienzan en la agitación manifiesta de la propia protagonista y continúan con el sometimiento emocional del público. La suya es una presencia expresiva, dramática y algo teatral, capaz de pasar de la sacudida a la dulzura sin paradas intermedias y manteniendo la intensidad conductora. Por su parte, él es una figura clave dentro de la música independiente patria (con treinta años de carrera distribuidos en diferentes proyectos y una respetada carrera como productor), que en la guitarra española combina los parámetros del género con la anarquía instintiva de, por ejemplo, Sonic Youth.

Rosalía ejecutó de manera sentida tonadas como “Si tú supieras compañero”, “La hija de Juan Simón”, “De plata”, “Te venero”, “Catalina” o “Por mi puerta no lo pasen”, y su presencia se dibujó imponente enfundada en rojo intenso sobre fondo negro. Mientras, el fiel escudero concretaba con necesaria solidez los acordes necesarios para amparar toda la fuerza de su compañera. Apenas una hora de concierto que terminó con el público de un teatro abarrotado puesto en pie, aplaudiendo con convicción la conjunción de clasicismo y vanguardia de los catalanes y aceptando el devenir que marcan los nuevos tiempos. Todos salvo los escasos apolillados que, todavía apoltronados en su butaca, criticaban altivamente las invenciones de los autores. Señal adicional de un triunfo incontestable, porque la pasión siempre será infinitamente más determinante que la pureza.