Podríamos empezar con los incesantes cambios de vestuario (casi uno por canción), que dejaron claro que Róisín Murphy puede rivalizar en este apartado con Madonna y Kylie Minogue (mención especial para la colección de sombreros, los abrigos imposibles y un precioso vestido plateado que dejó para el final, cuando ya se había reivindicado como reina disco). Hace un año, en esta misma sala, empezó con “Cry Baby”, mientras que ahora lo hizo con “Overpowered”, una de sus mejores bazas, anticipando la explosión en clave de baile que se viviría más tarde. Cambia la chupa de cuero por una chaqueta naranja, se corona con un gorro rosa, se sienta, reúne a su lado a las coristas y al resto del grupo y emprende una fase con un toque más cabaretero, de la que sale igualmente airosa (sobresaliente “Tell Everybody”), con mayor protagonismo para la voz, acompañada por un piano juguetón, hasta que vuelve a la electrónica más descarada (como contrapartida, por el camino se quedan los matices de su primer álbum, cortesía de Matthew Herbert). Incluso “Dear Miami” suena con más entidad que en el disco, y a partir de aquí llega el festival de coreografías, ritmos, actuaciones teatrales y poses para la galería, como si repitiera la imagen del que fue su debut en solitario, escorándose hacia la derecha y sacando taconazo por la izquierda. Y todo sin despeinarse, mientras rescata “Forever More” de Moloko, retuerce “Leaving The City”, se pone funky, se muestra como diva sin excesos, despliega su poderío en “Ruby Blue” y también evidencia que, pese al glamour y la sofisticación, su repertorio a veces cojea. Aunque a esas alturas la bola de colores ya giraba de manera casi extenuante y las coristas se habían vestido de nubes, preparando el inevitable fin de fiesta con la rompepistas “Ramalama (Bang Bang)”. Flash bang big bang, bing bong, ding dong… Nuevo bingo para Róisín Murphy.