Antes de dejar definitivamente la llave en el cajetín de la recepción del Hotel Florida y abandonar la que ha sido su residencia durante este último año, Ricardo Vicente quiso celebrar un conjuro para expulsar a todos los habitantes no reales del hotel. Empezando por él mismo. ¿Es tan complejo ponerse en plan filosófico y definirse? Aparecía por los pasillos, de primeras y sin aviso, el actor Julián Villagrán convertido en Ricardo Vicente para decir de éste todo lo que el propio Ricardo no se atreve a llamarse y, de paso, encaminarse a una fiesta en Telefónica: “Llamada de despedida a un dealer”, in crescendo, la primera que sonaba por el hilo musical del establecimiento hotelero. Buscando su sitio, Ricardo, con su fiel escudero desde hace tiempo, Nahúm, en la sombra, quiere olvidarse de cómo suenan las canciones en sus discos y las reinterpreta con su peculiar visión. Ahí queda “Langostas en el Nilo”, con el zaragozano sentado al Rhodes, uno de los muebles con más prestancia del hotel. Además, se muestra taciturno ante la muerte, últimamente, de muchos grandes y se confiesa: “Yo sólo pido que no se vaya Joni Mitchell”. La banda sonora de ese momento no podía ser otra y la gramola nos trae “A Joni Mitchell con todo mi amor”.

Vicente, Ricardo, que en el fondo de su corazón, aunque él no lo sepa, siempre ha llevado un periodista de raza, de esos de libreta estrecha, de repente se encuentra sentado ante un whisky de muchos años y delante de las preguntas del periodista, éste sí, Pablo González Batista. Richi no es hombre de grandes pretensiones: “Espero que me vaya esta noche tan bien como para llevaros a todos a Marina D’Or”. Ya debería estar fletando los autobuses. Porque además, si te toca de compañero de asiento a Carlangas, de Novedades Carminha, la diversión está asegurada en el trayecto. El gallego muta en Zahara y alcanza en “Belleza y miedo” uno de los momentos de la velada. Pero la noche no puede acabar de ninguna de las maneras. Excusada la inasistencia de Ramón Rodríguez, el “tercer cuerpo” sí que hace acto de presencia. Fran Nixon, abrigado hasta el escenario, porque debe pensar que, en ese hotel, además de los albornoces, alguien se lleva los abrigos, se desquita con “El milagro de Milán”. Después asoma por las tablas del desvencijado hotel el recuerdo del que, tal vez, sea el huésped más real en estos tiempos que nos ha tocado vivir: “Mi última mujer”, de “Sergio Algora, el mejor amigo que hemos tenido Fran y yo”, susurra Ricardo.

Las caras de los inquilinos van tornando en tristes porque el ‘No molestar’ está a punto de colgar de las habitaciones. “Todos tus caballos de carreras” o “Museo británico” se escuchan por los rincones del legendario Florida. Además, lo que no sabe el maestro de ceremonias es que en este hotel siempre hubo un mago. Y no podía faltar. Miguel Rivera hace salir de su chistera “Belleza y tiempo” momentos antes de que Julián Villagrán nos confiese que no es Ricardo Vicente. Eso sí, con la guitarra y tocando ambos “El palacio de los gansos”, ya dudamos de quién es quién. Descubierto el entuerto, ya podemos decir que esto fue todo. Desde la Dirección del Hotel le piden a Ricardo Vicente que apague la luz. Que así sea. Pero antes, que suene bien alto y sin miedo “Yo quiero verte danzar”. No será problema tanto jolgorio. Nadie podrá echar a Richi de aquí, que ya se va él solo.