Canciones para la eternidad
Conciertos / Pixies

Canciones para la eternidad

8 / 10
José Carlos Peña — hace 3 semanas
Empresa — Live Nation España S.A.U.
Fecha — 24 octubre, 2019
Sala — La Riviera, Madrid
Fotógrafo — Nacho Ballesteros

Un fenómeno revela a la perfección lo que son Pixies en 2019: sus clásicos despiertan el frenesí entre la parroquia madrileña, que, en cambio, espera con paciencia respetuosa (algún pecador, incluso chequeando el móvil) a que terminen sus temas recientes. Para casi todos los grupos sería un contraste deprimente. No para los estadounidenses. Supongo que lo tienen asumido. Es lo que vienen haciendo con contrastada generosidad desde que resucitaron hace ya quince años. Sus tres discos del siglo XXI vienen a ser una excusa. Como ellos mismos admiten, si hubieran seguido sin material reciente, la cosa habría cantado demasiado a puro ejercicio recaudatorio de nostalgia -que, por supuesto, está ahí.

Es cierto que por la cantidad de canciones de “Beneath The Eyrie” que vienen tocando en esta gira, Pixies parecen reivindicar su momento creativo actual. Pero si en Madrid Black Francis y compañía dieron un concierto estupendo tras el energético bolo de Blood Red Shoes (teloneros de lujo en formato cuarteto) es, muy por encima de todo lo demás, porque aún les queda fuelle para recrear sobre un escenario las canciones atemporales e inspiradísimas de su gloriosa etapa juvenil. Que es como decir algunas de las mejores de la Historia del rock alternativo. Cumbres del surrealismo punk desatado como ‘Vamos’, ‘Isla de Encanta’ o ‘Crackity Jones’ -con el ladrido impagable de nuestro Charles, que no pierde voz aunque se reserva más en los gritos- sonaron con el punto frenético, fresco y asalvajado que requieren, despertando incluso un entrañable pogo intergeneracional en el centro de la sala: eco de aquellos conciertos impredecibles de 1988. Vamos sirve además para que el guitarrista Joey Santiago tenga su momento, con un show de acoples y ruidismo desquiciado que por unos minutos le saca de su seriedad.

Aunque hubo algún desfallecimiento (me pareció que ‘Wave of Mutilation’ se acercó a la versión decelerada que hacía Frank Black), la banda respondió a las mil maravillas al ritmo de matacaballo impuesto por el jefe -con aspecto más juvenil de lo habitual-, que va improvisando el set list sobre la marcha y comunicándoselo a sus compañeros desde un micro que tiene a su espalda. De perfil, entre la penumbre de la iluminación, veo a una especie de Orson Welles sin barba y con Telecaster o acústica, como maestro de ceremonias. Por momentos, da la impresión de que nuestro hombre quiere tocar todo el repertorio antiguo y reciente sin perder un minuto. Y sí, ‘Graveyard Hill’, ‘Catfish Kate’ o ‘Daniel Boone’, de lo mejor de su digno nuevo álbum, despiertan un moderado entusiasmo, pero poco tienen que hacer frente a maravillas como ‘Ed Is Dead’, ‘Number 13′ -con su hipnótico desarrollo final-, ‘Here Comes Your Man’, ‘Bone Machine’, ‘Gouge Away’, ‘Where Is My Mind?’ -con toda la sala coreando- o River Euphrates, con sus coros prodigiosos. Mención especial merece Paz Lenchantin, que cubre el vacío de Kim Deal con sobriedad y solidez, compensando las ocasionales flojeras del, por otro lado, excelente batería Dave Lovering. Paz tuvo su merecido momento con la graciosa Los surfers muertos, que continúa la tradición surfera y de serie B del grupo, añadiendo un toque macabro.

La metodología sobre el escenario de Francis y compañía tiene sus riesgos: un malentendido entre Francis y Lenchantin dio al traste con la última canción, nada menos que ‘Debaser’. Nadie se quejó, porque lo compensaron con una gloriosa ‘Gigantic’, con la que se despidieron: tras cuarenta canciones y dos horas largas de concierto a nadie le hizo falta bis. Y a tenor de la sonrisa de oreja a oreja de Francis con la que culminó el bolo abrazado a sus compañeros y saludando como en el teatro, el incidente no le arruinó las buenas sensaciones.

Un grupo no son sólo unos cuantos músicos que forman algo mucho más grande que la suma de las partes. Es un momento en el tiempo, una explosión energética, una colisión de factores. Durante unos pocos años Pixies fueron (y lo decía David Bowie, que no era cualquiera) el mejor grupo del mundo. Tres décadas después son, como no podía ser de otra manera, otra cosa. Pero mientras puedan defender su repertorio esencial con el vigor preciso, nadie les podrá echar en cara que sigan girando e incluso sacando discos más o menos inspirados.

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