Luz entre oscuridad
Conciertos / Arima ...

Luz entre oscuridad

7 / 10
Reuben Weedianaut — 27-12-2020
Fecha — 19 diciembre, 2020
Sala — Jimmy Jazz Gasteiz, Vitoria-Gasteiz
Fotógrafo — MusicSnapper

El hecho de que, con este 2020 a punto de terminar, un grupo tenga no sólo la posibilidad, si no la capacidad suficiente para poder ofrecer dos bolos, en dos capitales distintas, con doce horas de margen entre inicio y fin, me parece algo tan destacable que embarqué con Arima durante toda la jornada para poder vivir algo tan especial desde dentro. Así que, una vez dimos cuenta del catering de Bilboloop (ver crónica) y de discos y camisetas en la mesa de merch, salimos hacia el evento que despedía la temporada de conciertos del programa cultural Gauekoak Gasteiz en la mítica Jimmy Jazz.

El apelativo no es casual. Estando inmersos en una pandemia, y con el confinamiento como primera de una serie de medidas que amenazan con acabar para siempre con el tejido musical y cultural que llevamos décadas construyendo en Euskal Herria, la sala gasteiztarra se constata como un referente a nivel mundial. No conozco ningún caso, ni dentro ni fuera de nuestras fronteras, de un espacio que haya mantenido una programación estable (todo lo que permiten los constantes cambios en las restricciones) de bandas y DJs desde desescalada, con un compromiso ejemplar y un trabajo encomiable por parte de todas las personas que lo hacen posible.

A pesar de que la banda local hacía su debut esa misma tarde, las necesidades del soundcheck obligaban a Arima a ejercer de teloneros, ya que descargaban su backline justo para ver el final de la prueba de Ni Hil (foto inferior). El cansancio derivado de ello hizo presencia en el escenario junto al trío para dar comienzo a su descarga. No es que fuera algo palpable, pero sí que rebajó un puntito su intensidad respecto a lo demostrado por la mañana o la semana anterior en Gernika. Esa particular forma de Rock alternativo tocado como si fuera Shoegaze que practican, por momentos cercano al Folk y al Post-Rock, no vio resentida la crudeza de la que hacen gala en un set que eleva las canciones que forman su primer EP a nuevas cotas cuando las presentan bajo los focos. Porque Arima (foto encabezado) son un animal de directo, y en su inminente segundo disco esperamos ansiosos encontrar todos esos matices que les ha dado el rodaje como trío y que proyectan cada vez que suben a las tablas. Si en Bilbo se vieron acompañados por las proyecciones del festival, aquí contaron con la experiencia del técnico de luces de la Jimmy, que añadió intensidad a un setlist que presentaba como novedad la presencia de Ainhoa, amiga personal de Paule que se unió al grupo para aportar nuevos colores a “Mugak” con su timidez y una preciosa voz.

Un halo de misterio envuelve todo lo que rodea a Ni Hil desde que supimos de su existencia como uno de los participantes en la velada organizada por Gauekoak. Oscuridad es la primera palabra que nos viene a la cabeza al pensar en la banda, empezando por el inquietante blanco y negro de las tétricas fotos y crípticos textos de su cuenta de Instagram, única referencia a la que acudir en busca de información sobre el proyecto. Ninguno de los presentes, a excepción de aquellas personas que tenemos la suerte de conocer personalmente a sus miembros, sabía con certeza qué nos iba a deparar el grupo esa tarde. Cimentados con veteranos de la escena gasteiztarra, los músicos que componen Ni Hil se reparten entre las tres provincias de la CAV, y han tenido que luchar contra viento y marea durante el último trimestre para poder sacar adelante un repertorio, lidiando con constantes y cambiantes restricciones de movilidad.

Toda esa tensión acumulada se desató con las primeras notas de la intro, que sonaban bajo una cortina de luz blanca que apenas dejaba ver quién estaba detrás. Desde el principio quedó claro que el juego de luces (a cargo de Xabi Arratibel) era un miembro más del espectáculo, y bajo ellas Eider (voz, Fase Bruma) comenzó a entonar el ritual del que se erige como sacerdotisa mediante su garganta, su imagen y su manera de danzar. Ataviada con una capucha que oscurecía aún más su presencia, manos negras de ceniza y maquillaje entre atávico y tribal, la atmósfera iniciada como una inquietante nana fue ganando en intensidad hasta desatarse la verdadera identidad de Ni Hil. Vamos a quitar de la mesa desde el principio la comparación fácil con el Post-Metal de “Mariner”, para decir que la propuesta del grupo es tan variada como sus cuatro canciones a diez minutos el tema. Asentados en la solidez de su sección rítmica, Raúl (bajo, Flesh For Cannibals / Hiena / Fase Bruma) mantiene una constante tensión con sus cuatro cuerdas sonando en modo Unsane y Andoni (batería, Entropía / ÚR) comanda la tamborrada con destellos que abarcan géneros, un momento elevando la música al Rock Progresivo y al siguiente metiendo blast beats blackers para sonar como Oranssi Pazuzu. Jenko (guitarra, Hiena / Tara) y Edu (guitarra, Flesh For Cannibals / La Reverso) se complementan para cubrir sonoridades que van del Doom más pesado al Sludge más atmosférico, puntuando cada cambio de dinámica con la sorprendente variedad de registros de Eider. Los riffs dejan paso a partes más pausadas en las que destacan los elegantes arreglos de Edu a juego con su vestimenta, girado con su pedalera para poder mirar constantemente al resto de sus compañeros, todos de riguroso negro, mientras suenan ecos de Pink Floyd. Y detrás de todo esto tenemos a Karba (sintes y voz, KVALVIKA) aportando constantemente desde la atalaya de sus teclados y siempre con sentido, ya sea con sintetizadores que contribuyen a la atmósfera o con berridos puntuales que me retrotraen inevitablemente a los paisajes industriales del “Vertikal”. Toda esta intensidad se fue acumulando durante 40 minutos ante una audiencia sorprendida por la contundencia de una propuesta a todas luces muy trabajada, con una rotundidad impropia de unos debutantes y la rabia de quienes han tenido que hacer un esfuerzo titánico sin saber siquiera si, llegado el momento, podrían ver las caras enmascaradas de ese mismo público. Y tal y como vino, se fue. Absortos como estábamos en las repeticiones de la banda, terminaron de golpe para dar paso al reconocible tintineo con el que empieza el “Unfinished Simpathy” de Massive Attack y perderse los seis de nuevo en la oscuridad.

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