Mucho ha llovido desde aquella gira de 2003 en la que, casi por consenso, unos teloneros Mastodon que acababan de publicar su debut Remission eclipsaron a unos High On Fire en su supuesto mejor momento. Al menos así sucedió en la desaparecida sala barcelona KGB con la mitad de las entradas vendidas. Las cosas han cambiado sustancialmente desde entonces. En su última visita a Barcelona el pasado viernes –Grammys, notable evolución musical y giras mundiales mediante– el cuarteto de Atlanta rozó el sold out acompañado por dos teloneros de nivel: Mutoid Man y Kvelertak. Los primeros, power trío de Brooklyn liderado por el que fuera cantante y guitarrista de Cave In Stephen Brodsky, y con Ben Koller de Converge a las baquetas, caldearon a medias la sala con un sonido algo capado y de escasos graves que no hizo justicia a su notable último disco, “War Moans”, del que destacaron cortes como “Kiss of Death”. Los segundos, que casi siempre nos han visitado como teloneros –la última vez con Metallica–, convencieron con su inconfundible mezcla de black metal, heavy metal y hardcore punk, último aspecto acentuado por la actitud y maneras de su entregado nuevo vocalista, Ivar Nikolaisen, que saltó sobre el público durante “Nekroskop”, tercer tema de la noche. Con un directo muy físico, los noruegos mostraron una gran entrega y brillaron en temas como los hard rockeros “1985” o “Kvelertak”, aunque apostaron por lo seguro con varias recuperaciones de su debut, como las corrosivas “Fossegrim”, “Blodtørst” o “Mjød”.

Y llegó el momento del desembarco de Mastodon. Los reyes del mal llamado por algunos “metal moderno” nos brindaron un show musculado y vibrante; una descarga furiosa pero delineada con precisión, una puesta en escena epatante presidida por siete pantallas verticales y un sonido grandioso perfectamente basculado. No siempre ha sido así, sobre todo en festivales, donde la banda acostumbra a perder parte de su riqueza sonora. Y aquí hallamos algunas posiciones encontradas: algunos echan de menos la virulencia de sus orígenes; otros, al contrario, les achacan que podrían haber sido los nuevos Metallica si se lo hubieran propuesto en serio, una afirmación que haría sonrojar a la banda, en especial a su guitarrista Bill Kelliher, casi tan fan de los de San Francisco como de Star Wars. En cualquier caso, a Mastodon le sobra ambición, aunque siempre han defendido composiciones abigarradas o estructuralmente complejas ajenas a los gustos mayoritarios, a excepción de singles como “Motherload” o “Show Yourself”. Ninguno de los dos sonó esta noche, aunque sí lo hizo la pegadiza “Toe to Toes”, de su reciente EP “Cold Dark Place”.

A grandes trazos, la tarta se repartió entre su últimoEmperor of Sand, Blood Mountain y su laureado “Leviathan”, probablemente su obra más sólida, que este año celebra su quince aniversario. Abrieron a bocajarro con “Iron Tusk”, de este último, encadenado con “March of the Fire Ants” y “Mother Puncher”, ambas de “Remission”, un tridente con el que pusieron patas arriba la sala. Un arranque que dejó muy alto el listón –algo arriesgado– y tras el que repasaron toda su discografía sin orden cronológico: de “Chimes at Midnight”, de “Once More ‘Round the Sun” a la más envolvente “Steambreather” o el groove contagioso de “Precious Stones”, ambas de su última obra. También una preciosa “Sleeping Giant”, de su angular Blood Mountain

El nivel decayó ligeramente en el tramo central del concierto, con inclusiones poco obvias, algo de agradecer, pero en ocasiones dudosas: temas simplemente correctos dentro de su elevada media como “Ember City” o “Ghost of Karellia”, que un servidor habría sustituido por “Oblivion” o “Divinations”; o bien “Black Tongue”, que habría cambiado por “Dry Bone Valley” o “Curl of the Burl”. Pequeños detalles que deslucieron ligeramente una velada en la que brillaron la intrincada “Capillarian Crest” y las épicas “Ancient Kingdom” y “Crack the Skye”. Ya en el tercer acto, el repertorio volvió a alzar el vuelo en un tramo fulgurante marcado por el citado “Leviathan”, del que sonaron “Megalodon”, “Aqua Dementia” y una “Blood and Thunder” que finiquitó el concierto como lo había empezado: con furia y locura colectivas. Y al final, el batería Brann Dailor, eufórico por el baño de masas y solo en el escenario, se marcó un largo speech al más puro estilo Lars Ulrich. Metallica, una vez más.